5.11.15

Saltos

Caigo en un restaurante indiano, indio, quizá hindú, pues este otoño está siendo muy de llevarse cosas exóticas al paladar, en busca de un momento de respiro para leer al escritor que tengo que leer, por encargos profesionales pero también para reafirmar la deriva que uno tomó, y que tuvo como detonante aquel 'Liquidación por derribo', en el que por cierto salía uno citado, en tono muy cariñoso, y entre cuyas páginas se extraía un, ante todo, deseo de vivir y no comulgar con ciertas ruedas de molino que supusieron un salto no sé si al vacío o a dónde pero sí hacia una vida más arriesgada y más de verdad. O quizá menos arriesgada, porque lo verdadero arriesgado es vivir preso en la piel de quien no eres. 

Al tema. Caigo en ese local del barrio de las Letras por otra parte agradable porque veo que tienen menú del día, ese elemento al que deberían darle un premio nacional o algo, y antes de ofrecerme la carta el camarero me pregunta qué voy a beber y le digo cerveza, pero que me traiga la carta ya. Y abro la carta y veo un menú decepcionante y asignado en el que no hay opción posible, porque cada día está como ya elegido de antemano lo que uno va a pedir, y el jueves toca pollo, o chicken, y samosa y unos comistrajos que ahora me resultan albondigones de desidia y de ya te han timado, Eduardo, otra vez, y uno está un poco hasta los huevos de esos golicos por la escuadra que, bueno, venga, queda mucha liga por delante y hay que seguir luchando pero cojones ya. 

Así que le digo que muchas gracias pero que me voy, y al fondo veo a un indiano o hindú, o bangladesí, en trayéndome la cerveza que es en sí otro lacerante golico, una de esas birras servidas en tubo de ensayo que te hacen perder la fe en todo, hostelería mayormente, y amago como que me voy pero veo caras hoscas y digo que bueno, la pago, y me la bebo de un trago, porque es finita, y me clavan casi dos euros y medio y se me olvida el billete de cinco y me da miedo que se me cruce un cable y monte un número a lo Un día de furia y vuelvo y el billete sigo ahí y entonces lo cojo y pienso: maldita ruindad la del género humano, y me queda el consuelo de haberles dado las gracias de una manera a pesar de todo sincera, porque a pesar de su mierda de oferta, de sus triquiñuelas, de la cutrez de cobrarme el tubo de ensayo, siento que me han ofrecido un servicio, el peor de mi vida, y de la suya, y me voy al LACÓN, ese flamante restaurante español en el que he vivido buenos ratos y recientes, con Sergio, David, Alessandro y Tiziano, y me alegro de haberme largado de ese garito sacacuartos.

Y saco mi libro que es como una declaración de intenciones y leo mientras bebo una cerveza, esta vez sí de verdad, doble, joder, sí, y celebro los saltos no sé si al vacío pero sí hacia una vida más arriesgada o al menos de verdad.

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