Pretextos para el bien

Recuerdo los días siguientes a los atentados del 11S. Nuestra casa era centro de peregrinación de amigos, novias, tíos, tías, primos. No por los atentados, sino por una administración del cariño que, tras el annus horribilis anterior, se manifestaba en visitas y bolsas de comida dejadas, sin previo aviso, a los pies del felpudo.  Gracias. 

Recuerdo cómo el dolor, ajeno, público, pero también el privado y particular, se transformaba en otra cosa del todo distinta. El hecho de estar juntos, pasada la tormenta, como un sábado de septiembre, con los primos, y la tele de fondo con los homenajes musicales a los muertos aún calientes de Nueva York. Bruce Springsteen y un montón de velas. Nadie hacia ciertas bromas. El duelo, en sus distintas intensidades, era compartido por todos. Entonces uno se alegraba, o disfrutaba, cuando menos, de esa comunión inter pares que sólo el mal parecía capaz de convocar. Uno se mecía, entonces, en ese pasarse por exceso en el balance de los afectos y se planteaba si para eso era necesario que derribaran ciertas torres, o se fueran ciertas personas. Y la respuesta era que no, sólo que entonces se notaba más, había un motivo, un pretexto.








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