Moral

Todas las buenas novelas son, en el fondo, un tratado moral. Lo dice Muñoz Molina en el documental sobre su vida, obra y oficio que vi ayer y que, en gustándome, me dejo un sabor un tanto áspero, por el personaje, otrora admirado, después un tanto antipático, como si hubiera en él un sentimiento no sé si trágico pero sí pesaroso de la vida. Ver sus imágenes de más joven, la potencia e incluso pureza de la cuarentez, cuando el escritor tiene todavía un candor que le hace creer de una manera plena en la literatura, tanto como para no preocuparse siquiera de ese entrecejo excesivamente peludo en las antípodas de un beau Brummel de la transición. Ese Muñoz Molina que escribe sin saberse Muñoz Molina, con aire retraído, como el Bolaño que fue siempre Bolaño, porque cuando le llegó el momento de saberse Bolaño le tocó irse por la puerta falsa. Ignoro, entonces, cuándo dijo aquello de que las buenas novelas son las que esconden un tratado moral. Intuyo que fue ese primer Muñoz Molina más virginal, el que me seduce más, con el que, ay, quizá tampoco tenga mucho que ver por haber cruzado yo también la frontera siempre áspera, quizá pesarosa, del escepticismo montaraz.

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