Malperro

Es noviembre ya entrado pero el sol calienta sin complejos en el sur de Francia, norte de Euskal Herria, playa recóndita, aún salvaje puesto que el reinado de los cámping de la zona la mantiene en el mismo estado desde que la conocí, hace 25 años, un si es no es dejada. Busco un extremo para, quién sabe, quedarme a pelo ya que no llevo bañador y me consta, esa imagen en mi retina adolescente, dos sirenas rubias de piel del color del tofe, que hay quien lo hace. A lo lejos, se acerca un perro negro, bragado que diría un taurino, ya viejo, pero ladrando como un condenado. Siento un miedo racional, que es distinto al miedo de las tripas, aunque soy consciente de que si sigo andando ese miedo intelectual cambiará de estadio. Hago ademán de avanzar y el perro se asusta y retrocede, todo duelo es un medir los arrojos, pero sigue rugiendo y ladrando. Recuerdo la conversación de la víspera sobre perros que muerden e incluso matan y la posibilidad de que esos perros sean, simplemente, unos descerebrados, como hay descerebrados que cada día blanden un cuchillo contra su vecino. Hablamos también de la guerra, de las deserciones, muchas de ellas quizá inteligentes. Deserto. El perro ha ganado. Defendía su territorio, con niños y gente sana. No me importa la derrota, pero sí la idea de que el perro quisiera impedir el paso a un ser potencialmente peligroso, un tipo solitario con pensamientos no confesables en la cabeza.

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