Lodesiempre

Ahíto de cafeína y azúcar, raro en mí lo primero, acudí a La Fugitiva con el único deseo consumista de un agua con gas y rodaja de limón. Pero Clea me sorprendió con mi té ayurvédico con leche (de soja, creo). «Lo de siempre, ¿no?». Agradecí la deferencia y ese deseo de hacer hábito, y de alguna manera monje, de convertirme a su convento, digamos, ese en el que hago maitines, nonas y las otras muchas tardes. Pero no me atreví a rechazar ese té que no me apetecía mucho ni a recordarle, o explicarle mejor dicho, que si de algo no soy es de lodesiempres.

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