Exposición

Voy a escuchar a Elvira Lindo, que siempre me ha caído simpática, y nos cuenta que Nueva York es más cutre de lo que la gente cree, que los inviernos son una conjura de lo peor de los fenómenos atmosféricos y que ya no hay sitio para la clase media en la Gran Manzana. Intuí todo lo que cuenta, y más que lo cuenta en su diario, que hoy presentaba, 'Noches sin dormir', en el verano de 2011, cuando tuve una especie de desencanto neoyorquino con sabor a certeza al poner mis pies en ese suelo libérrimo. 

Esa omnipresencia del dinero, sobre todo. Esa pleitesía capitalista. 

Esa alienación visible en las caras largas de los taxistas de países acabados en tan y los rostros apocados de los camareros; recuerda Elvira Lindo que muchos de los emigrantes vienen de países con condiciones más duras que las que presenta Nueva York y pueden aceptar de buen grado jornadas de explotación por diez veces lo que ganarían en sus países pobres. Son parte de la población dura, dentro de ese "ejército de supervivientes" que cada día se levanta en el eterno invierno de Nueva York. Porque los neoyorquinos de siempre también son duros, dice Lindo, están hechos de otra pasta, como si hubieran aceptado con resignación el destino de haber nacido en una ciudad hostil y bipolar, concebida para solitarios y neuróticos. Oliver Sacks la echó de menos cuando se fue a vivir a San Francisco, demasiado mansa, demasiados planos los cerebros. 

Puede que a Elvira Lindo le haya cambiado la ciudad. Leo ahora en su libro que ya no quiere ser escritora. Que no tiene vocación, pero que seguirá escribiendo, lo que sea, porque a fin de cuentas es su oficio. Pero también ha reconocido que quizá no escriba ya más ficción. Y ha adoptado un tono confesional, como de diario íntimo hablado, en presencia de esos quince o veinte periodistas, para reconocer que le afecta la exposición. Que su piel no es inmune a los juicios, a los vilipendios, a la sentencias salvavidas en las redes a menudo antisociales. Y ha hablado del ego, de la vanidad como un muro protector o necesario para lidiar con la letra pequeña y venenosa de la exposición. Cosa que por otra parte me ha sorprendido, porque así, a priori, uno, o sea, yo, lo que viene siendo, busca la exposición, cuanta más mejor, pero luego busca o se acerca a esta orilla, donde se siente a gusto, en las antípodas de la promoción y a la autopromoción. Y luego lee a Uriarte decir que cuando escribía para él era más feliz. 

Supongo que la gracia estará en haber tenido sobreexposición para luego renegar de ella. Pero había un tono nada cómico, patologicoide, en la confesión de Lindo, que me ha caído aún mejor por ello, como nos caen bien las personas que nos hablan de sus vulnerabilidades, con generosidad.

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