Confesiones

La idea de contar, en este blog que nadie lee o en otras plataformas más solitarias si cabe, pero del modo parecido al de lanzar una botella con un mensaje, con la leve esperanza de que alguien lo lea y, a más a más, como dice aquel, lo lea incluso el destinatario, solo uno, adecuado, algo nunca antes contado. Confesar que fui yo quien, allá por 1993, acudió a clase con un reloj que incorporaba un mando a distancia capaz de sintonizar con las principales marcas de videos y televisores del mercado. Y que, en aquel laboratorio de idiomas, con la complicidad de Gorka o quizá Nico, empecé a toquetear y descojonar la película en inglés que nos había puesto la profesora, algo ancha ella, presa fácil de una ira que no hacía sino provocar en nosotros un mayor deseo de perturbarla. Pause. Rewind, Forward, Stop, Play, Pause. Y ella que no entiende nada y ni por un segundo se plantea la mera existencia de un reloj con esas capacidades, y que un hijoputilla como yo se las hubiera apañado para sabotear esa clase, y hundir un poco aquel sistema, que por otra parte detestaba, desde dentro. Fui yo. Y lo volvería hacer.

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