Postureo violento

El recuerdo persistente de ese sujeto, que podríamos denominar sin temor a equivocarnos, como blandengue, cuyo postureo me llegó a resultar tan estomagante como para levantarme e irme. O como para espetarle algo del tipo ya te vale, no. Un querer primar la forma sobre el fondo que invade y corrompe toda la atmósfera hasta entonces grata e introduce un elemento actoral para el que no estábamos preparados. Una actitud que perdonamos en la veintena cuando uno aún da importancia a la impronta que deja en las retinas ajenas, esa impronta superficial y de póster, pero que adquiere un deje no ya ridículo sino cabreante cuando se avanza con firmeza nada blandengue hacia los cincuenta. El deseo de dar un golpetazo en la mesa y decir: ¡Basta! y notar el trueque del rictus posturil al beber ese agua Mondariz con gas a la patética pero, ¡por fin auténtica!, mueca del miedo. 

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