21.10.15

DesPLAzamiento

Es la segunda vez que me acerco al Cuaderno gris de Josep Pla. Hace más de diez años, allá por 2002, 2003, en lo que podría considerarse una etapa de formación fuerte que tuve, leí otros libros suyos, con un punto de paciencia, por lo zen de su trama, pero también con admiración e interés. Sobre todo el dietario de Madrid, de 1921, el Viaje en autobús y La calle estrecha. Creo que este último me sedujo porque me dio a entender que se podían escribir novelas que no fueran novelas. Me hizo accesible la idea de escribir una novela: me acercó la posibilidad de hacerme escritor; yo, que siempre había admirado el mero hecho de juntar unas doscientas páginas sin venirse abajo. En el prólogo de ese libro ya advierte, no obstante, qué el no sabe hacer novelas y que lo hace que es un no sé sabe bien qué. Descubrí también el fértil campo que aportaba lo autobiográfico. Cambias veterinario por periodista, tu pueblo por uno anónimo y ya tienes un libro. Luego quedaba el trabajo gordo: cultivar la mirada, educar el oído y entrenar la memoria. El jovencito Pla ya iba con su bloc de notas por todas partes. El jovencito Pla ya quería triunfar en el momento en que traza las líneas maestras de su cuaderno gris con menos de veinte años, primera guerra mundial de música de fondo. 

También me gustaron esos libros por una cosa que hablé hace poco con Javier Serena y que tiene que ver con la vida literaria. Pla hizo de su mundo un huerto literario del que recoger poco a poco sus frutos; en aquel tiempo mío, tan emparejado y tan adulto a pesar de esos veintipocos tan imberbes, me gustaba la idea de poder conquistar el parnaso hablando de los tonos de una flor, del humo azul de una taberna, del diálogo de dos batasunos en un bar. 

En esta segunda vez que me acerco al gran libro de Pla, que leo en pequeñas dosis desde mi biblioteca privada de wc, siento que a pesar de sus muchos viajes no acabó de salir del pueblo. Paso las páginas sin entusiasmo, avanzo a pasos zancudos por los párrafos, me pierdo las demasiadas conversaciones de casino que no me interesan. Veo en él a ese parroquiano de bar rural con boina y una resignación fatídica a conformarse con una felicidad pobrica: la del ver oscilar el color del trigo, del verde kiwi al amarillo muerto. Una resignación de quien asume ese destino como un mal regalo, en lugar de la decisión jubilosa de quien decide renunciar a todo para entregarse a la belleza de la contemplación. Si es que esto es posible porque yoguis verdaderos no hay tantos. 

Así que me planteo abandonar por segunda vez ese dietario y no alcanzo a ver la razón. Como si me ahogara en ese mundo de calellas, palafrugueles, ampurdanes, vientos de garbí pa quí pa allá, charlas con diversos seres avinagrados, menticortos, abotargados de vermú y anís del malo, ese tiempo pasado que me sabe a peor y a mal follado, a, ya lo he dicho, resignación menestral como la que uno adopta ante un día ventoso. 

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