Socio

Esta mañana de sábado me acerqué hasta el Club de Tenis de Pamplona. Saqué de mi cartera mi carné de socio limitado, por aquello de vivir fuera, y lo pasé por el torno. Acceso denegado. El portero me dijo que simplemente había que reactivarlo. Pude entrar a la segunda. Seguía siendo socio. Mis vínculos con mi ciudad natal, esto es, la infancia, no estaban quebrados del todo. Un trenecito lluvioso lleno de niños entre asustados y felices pasó a mi lado. Les saludé pero en su intromisión infantil no repararon en mi gesto amigo. Pensé en su algún día un hijo mío viajaría en ese trenecito, cerrando así un cierto círculo de ya no de salir del punto A para llegar al B, tipo Odisea y toda esa narrativa clásica, sino salir del punto A, para pasar por el B, C y X, y volver al A, esto es, al origen. ¿Realmente lo quería?

Me di una vuelta por las instalaciones, absurdas con la lluvia en un verano aún oficial de piscinas límpidas y vacías. Reparé en que se habían limado las posibilidades de riesgo, cosa que alguien tildará de prudentona pero que sin duda tiene algo de inteligente. ¿O hay que garantizar una serie de golpes en la infancia para que los posteriores no te pilles desprevenido? A saber. En la piscina de la ele, ya no quedaban los antiguos toboganes azul chicle, sino uno grande y anchote, romo como la punta de un chupete. Lesión imposible. Lejos quedaba aquel tobogán rojo ochentero, sustituido en la anterior oleada de prudentismo, principios de los noventa, en el que tirarse era todo un ejercicio de deporte de riesgo. Rojo y metálico, lanzarse en verano era un acto suicida: quemaduras, raspones, posible caída dada su inestabilidad, pintura descascarillada, riesgo de quedarse en la mitad del trayecto..; veo ahora en él todo un vestigio del pasado, ese pasado más salvaje sin carriles en las vías urbanas. 

Feliz en mi condición de socio, con derecho a pocas entradas al año, diez, pero socio de número igualmente, quise aprovechar el resto de las instalaciones. Me pedi un café en la cafetería, dónde si no, junto a los cuadros ya desgastados y de marcos roídos de un Salaberri más pueril que zen. Pensé en la ausencia de clubes en Madrid para gente de mi generación y lamenté la probable falta de rentabilidad de un proyecto así. Lamenté también la imposibilidad de bosquejar un club no ya que me admitiera como diría aquel, sino en el que me sintiera identificado. 

En el Tenis, me identifico por mis recuerdos, por esa tonelada de imágenes de una infancia que alcanzó incluso fases ya maduras; el gimnasio en el que el año 99 iba con Daniel, por las mañanas, al gimnasio. Era segundo de universidad y aún la vida era fácil, provinciana, cálida, segura, quizá un poco de mentira. Como un club, que no deja de ser una burbuja un poco de mentira, también. 

Al llegar a la casa de mis tíos, me encontré con el antiguo director de mi colegio. No recordé su nombre de pila en ese momento y tuve que referirme a él por el apellido, como hacíamos el resto de alumnos, en esa forma algo impersonal de referirnos. Estaba ya jubilado. Su hijo, compañero de clase con el que la vida apenas me cruzó, lucía un rutilante anillo de casado. Advertí cariño en sus palabras, interés por mis cosas. Me sentí un poco socio, con acceso limitado, de ese mundo que fue, pero también es, el mío.

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