Mañanas

Ahora que tengo algo de rutina, paso cerca de un colegio donde muchas mañanas me cruzo con un escritor del barrio, JAB, que deja a su hijo en el cole. Madrid parece entonces una ciudad de provincias donde nos conocemos casi todos, espejismo fatuo que se disipa en cuanto uno llega a la calle Atocha y se topa no con la iglesia sino con uno de esos desoladores atascazos de par de mañana. Me rebelo contra el peso de la rutina llegando unos minutos tarde, y entonces ya no veo a JAB ni el trajín de niños y madres que regalan un beso volátil a esos hijos que pronto se avergonzarán del cariño materno pero que hasta entonces lo ven como un bálsamo bienvenido antes de saltar al campo de batalla. Me compadezco un poco de esos chavales y pienso en esa educación férrea y recta como un vestigio de lo peor del pasado, de lo peor de un siglo XX que aún se proyecta como las radiaciones de Hiroshima. 

Durante años, he tratado de alejarme de esa sensación de leve angustia infantil y lo conseguí. Pero a veces vuelve, en función de mis decisiones, y pienso entonces que algo estoy haciendo mal, como si el verdadero camino estuviera en escapar de aquel nudo en el estómago infantil y vivir una madurez más feliz incluso que la de un niño, sobrevalorada, puesto que cada día siente que va a una guerra en la que no cree.

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