El extranjero

Me viene a menudo la idea de Leopardi de que solo se puede ser moderadamente feliz, y él lo fue en torno a los 16 años, cuando uno tiene la sensación de que le espera un futuro promisorio, mientras se entrega al proyecto que le conducirá a ese plácido estadio, como lo hace un estudiante que confía en un futuro mejor cuando se licencie. Puede que escribir sea eso: masajear la esperanza de un futuro mejor. Puede también que el extranjero aguante los azotes de la desubicación, las asperezas de comunicarse, más lento, en una lengua que no es la materna, pero que lo compense con la idea futura, grata, de volver al lugar en el que había sido feliz. Cabe preguntarse entonces cuántas dosis de autoengaño hay en todo esto y, aún más, si ese autoengaño no es un requisito necesario para no hundirse y con el que, a veces, suerte mediante, se consiguen algunos de esos anhelos de corte idealista. 

Comentarios

Entradas populares