La cogida y la espada azul

El otro día pensé en Francisco Rivera, que desde 2010 se hace llamar 'Paquirri', como su padre. Era para un artículo ganapán sobre las fiestas de San Sebastián de los Reyes. El día grande, viernes 28 de agosto, torearía junto a El Cordobés y El Fandi. Cuántas tardes de sombra, de rutina que no puede ser mecánica, en el torero. Gloria de andar por casa ya que no siempre se puede ser sublime y salir en las portadas de los periódicos, más aún cuando tu oficio cotiza a la baja y las apariciones mediáticas se hacen casi de tapadillo. ¿No es momento de buscarse otra actividad, Fran?, pensé. Supongo que el torero de verdad no puede dejar de serlo; escribía Ancín el otro día que qué suplicio tener un don. Se refería a la escritura, pero más putada aún tener el don de hacer bien una actividad que implica riesgo físico y ese miedo que acelera el crecimiento de la barba, decía Juan Belmonte, cada tarde.

De pequeño soñaba que tenía poderes. Una espada lumínica y de azul florescente clara que me permitía el gran poder: que se cumpliera todo aquello que deseo. No es que deseara que le cogiera un toro hasta casi matarlo en la plaza, como ha dicho uno de los médicos. Pero el grave percance me ha hecho pensar en esa espada azul y un escalofrío me ha recorrido el espinazo.

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