31.8.15

Fotografía

La gente pone me gustas a la nueva foto de perfil donde sale radiante. La felicidad se nota en una sonrisa distendida, en unos labios que se arquean de modo natural, obedeciendo a los impulsos que provocan ese ángulo, como el perro agita el rabo obedeciendo a parecidos impulsos. Reconozco esa foto porque fui yo quien la hice y quien estaba frente a esa sonrisa. Puede que la provocara, en parte, yo, como también provocaría, en parte, yo también, lloros posteriores cuando toco acabó, quizá abruptamente. Es una foto de hace algunos años ya. ¿Por qué rescatarla? ¿Un ataque de nostalgia? ¿Un intento de revivir algo común, aunque sea mediante el pálido contacto que puede provocar esa puesta en común de un instante feliz que solo los dos conocemos? La idea de pensar que aquella historia, que uno creía ubicada en el estante de los capítulos pasados, no lo estuviera. Al menos por su parte. 

Me sorprende ese rescate documental. Me agrada comprobar que no hubo una pira en plaza pública de todos los testimonios de esa efímera fase de nuestras vidas en que nuestros días, cuerpos también, se fusionaron. Me genera la inquietud de no poder controlar, y menos aún conocer, cuál es el grado de presencia que uno tiene en los corazones por los que transitó. Y, como en una receta moderna, se mezclan varios ingredientes de manera audaz: la felicidad del haber vivido, querido, se funde con una salsa de remordimientos frescos, naturales, en grano, por haber hecho daño, espolvoreadas por una esencia de vanidad glass por notarse aún evocado.

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