El atlante cansado

Durante décadas, poco más o menos desde que empezó a brotar el primer vello que indicaba que ese periodo feliz de la infancia quedaba atrás, puso en práctica un particular sistema de supervivencia. Personal y social. No participaba de los hábitos que sus coetáneos llevaban a cabo con una mezcla de entusiasmo e inercia y que los convertía en seres integrados. Él los despreciaba por borregos, aunque admiraba en secreto su capacidad para ir superando los diversos escollos de la vida que él por norma general tendía a esquivar con el consuelo de algún pretexto con el que se autoengañaba. Sus conquistas con las chicas eran para él una pérdida de tiempo y una claudicación animal por otra parte predecible que los alejaba de la verdadera virtud: la del estudio y la perfección personal. Sus borracheras no eran sino una inmersión tóxica que solo les permitía sacar una cosa en claro: una fenomenal resaca. 

Él optó por un camino no trillado y en la soledad de su cuarto le reconfortaba saber que no era como los otros y que, sin bien la existencia a menudo se le hacía áspera, o directamente aburrida, esa apuesta suya por la virtud, una virtud laica y sin deseo de mortificación gratuita, contaría con algún tipo de recompensa. Se colocó en una empresa farmacéutica, a resultas de los correspondientes estudios donde obviamente sus calificaciones fueron buenas. Dio por bueno el matrimonio porque la figura del solterón, a partir de cierta edad, le parecía triste y ridícula, y se casó con una compañera del trabajo, buena persona y de agradable conversación. Juntos, vivieron en los márgenes de la sociedad, pero en una marginación que para los demás era todo lo contrario. Eran unos ciudadanos respetables. 

Día a día fue ejercitando su resistencia a la frustración, como aquellos chavales de un libro que leyó ya de adulto, pero que le marcó: El gran cuaderno, de Agota Kristof. Día a día fue desarrollando una coraza espartana que impedía cualquier resquicio de sombra, duda o melancolía. Se convirtió en un atlante que cargaba sobre sus hombros con su propio fracaso. Sus vecinos lo saludaban como a un jovial contribuyente que llevaba una vida ejemplar. En uno de esos trayectos de ascensor es cuando maquinó la idea de matar a esa pareja de viejos que no le caían ni bien ni mal. Pero su proyecto no llegó a bosquejarlo ya que, sin apenas haberse jubilado, su propio mundo se le derrumbó sobre los hombros y en apenas una semana desarrolló una enfermedad fulminante.

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