Contar historias

Dice Agota Kristof en 'La analfabeta' que desde pequeña ya sentía inclinación por contar —'explicar', pone el traductor, en un giro catalán malamente gestionado— historias. Esa frase hecha, manida y sin duda cursi que esgrimen muchos periodistas: «Yo sólo soy un contador de historias». Que no es poco. A mí nunca me ha gustado contar historias, si acaso escucharlas, aunque según. Me gustaba escuchar a mi abuela, con su remolino de historias fragmentarias, cubistas casi, en que desplegaba un mapa social de la parte más simpática del pasado franquista, que también la hubo, porque incluso hasta en un campo de concentración puede haber momentos de humor. Me gustaba escucharla porque también notaba la plenitud a la que le conducía ese discurseo ante un espectador atento y puro, como solo lo puede ser un niño inocente y curioso. 

Con el tiempo, prefiero los debates a las anécdotas, a las batallitas sobre si este hizo tal y se casó con cual. Puede que mis reservas con la ficción vengan por ahí. Nadie busca historias en las canciones. El otro día, en una cena con una pareja culta y dedicada al mundo de la cultura, cine y literatura, conté que había escrito un libro sobre el desamor. ¿De qué va?, me preguntaron. Pues de eso, el desamor. Querían una historia, una trama, unos personajes, una peripecia. Me extrañó y me dio un punto de desazón tener que explicar —ahora sí—, en pleno siglo XXI, que hay libros que no son historias, tradición que inauguró Virginia Woolf hace más de cien años. Imagino lo que tendría que haber sufrido esa mujer ante comentarios del tipo: No pasa nada en tus libros, ¿quién es el malo? Nadie exige historias en las canciones, quizá el estadio más elevado del arte. La música. Bob Dylan canta Sara y nadie busca una novela policíaca; es una evocación del amor compartido con una mujer, que ya no existe. 

La gente necesita historias, las historias son como el pan que necesita el alma para no morirse, leemos en columnas paniaguadas de revistas culturales con ilustraciones de máquinas de escribir y rosas. Pero quizá lo de menos sea el qué pasa y lo de más el cómo pasa, qué huella deja, qué poso de dolor o de poesía impregna a quien atraviesa tal trance con el que, con suerte, jugará a convertir vida en arte.

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