Volar

Las voy recopilando en la mente y algún día debería apuntar todas esas razones por las que uno, al menos yo, era tan feliz de niño. Esta noche, al ver a dos chavales correr por la calle de la Fe, he sentido su energía. Esa que no terminaba ni aunque llegara la noche y los padres estuvieran ya repantigados en sus terrazas de copas, cigarros y probable aburrimiento mientras nosotros subíamos, bajábamos, nos escondíamos, corríamos por todas las texturas y superficies que salían a nuestro paso y exprimíamos nuestro mundo.

Teníamos energía de sobra y creíamos que la vida sería siempre así, una cascada de agua vertiginosa que horada la roca y no al revés. Corríamos tanto y tan ligeros, envueltos en nuestro sudor infantil que era como la poción mágica de Astérix, que pensábamos que si nos empeñábamos un poco seríamos capaces de volar. Quizá hoy no, pero cualquier día de estos. No sabíamos tampoco que crecer es irse desgastándose, cosa que no enseñaban en ningún cuaderno de Vacaciones Santillana ni salía en los anuncios de la tele. Aunque viéramos a la gente envejecer, nosotros no seríamos tan vulgares. Nosotros éramos capaces de volar. 

Comentarios

  1. ¿Y sabes de qué dependía aquella felicidad? De que no necesitaba encontrar razones. No había razones para ser feliz, simplemente se era.

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  2. La nostalgia siempre ha tenido mala prensa, pero yo la reivindico desde siempre. Produce melancolía, que es algo parecido a flotar.

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