Montparnasse

Acabo de ver 'Violette', sobre esa Violette Leduc, muy amiga de Simone de Beauvoir, que no sabemos por qué no tomó en algún momento el titulo de "la Virginia Woolf" francesa, a no ser de porque era una escritora floja, o a saber por qué, pero ahí está, olvidada. De Beauvoir la protegió y hasta se las apañó para pasarle una pensión de 25.000 francos mensuales durante un tiempo, cantidad que no nos dice nada porque en el cine nunca a nadie se le ocurre poner una referencia de cuánto es un franco en esos años. Bastaría con que fueran a un bar y pidieran dos cafés y el camarero dijera: 10 francos. 

Me acordé de mi visita al cementerio de Montparnasse en el julio de 1999. Y de ver la tumba de Julio Cortázar, si no recuerdo mal, y la de Samuel Beckett si tampoco recuerdo mal. Pero de la que sí me acuerdo es de las de Simone de Beauvoir y la de Jean Paul Sartre, que estaban juntas y desvencijadas, como toda tumba que se precie, pero juntas al fin y al cabo. 

Al ver al personaje de Simone de Beauvoir en la peli, escritora de la que no he leído nada pero a la que ahora me gustaría leer ('Los mandarines', Gallimard), me acordé de su tumba. Y a pesar de no haber tenido ese contacto íntimo que da la lectura del libro de alguien, me sentí attaché a ella por saber dónde estaban sus restos mortales. La vida es caos, la muerte es olvido, caos, insustancia. La tumba es eternidad, presente, piedra, rotunda, un bien inmueble que nos coloca en el mundo, quieticos para siempre. Quizá vaya siendo hora de recuperar la tumba propia. Quizá alguien, ¿Manuela Carmena?, tenga que inventar el cementerio moderno.

Comentarios