Ir recto

Que llegue ese momento en que uno no se deje seducir por los cantos de sirena de los meandros, esas curvas en el camino en el que uno reposta no se sabe muy bien qué alforjas. Ni qué carga en esas alforjas, a veces material para el camino, es cierto, pero a veces piedras. Ir recto, sin mirar a esas musas del bosque que te dan placer a cambio de nada, y quizá sí haya un peaje, un pago a plazos que uno entrega sin darse cuenta. No mirar a los lados, no parar, no detenerse, quizá solo en casos de extrema necesidad. Seguir recto sabiendo que eso te hace más fuerte y resistente, mejor, que el llegar a puerto, si lo hay, sea consecuencia de tu firmeza al timón, distinta a la del junco que llega al delta como se podría haber quedado atascado en un recodo. 

Quizá no haya puerto, pero conviene no desviarse demasiado. O al menos intentarlo. Poner cierto empeño. Es duro, pero la alternativa es cenagosa.

Comentarios