Mil palabras

Ya he encontrado la clave de mi felicidad: las mil palabras diarias. Hoy las interrumpí para acompañar a Javier Serena a la Feria del Libro y hablar de proyectos comunes. Apenas tenía algo más de trescientas. Acudí después a una cita con antiguos compañeros de un periódico y estuve a gusto pero tenso. El cuello me hacía clac-clac al girarlo. A partir de un momento dado quería irme a casa, pero no tenía excusa. Entendí que tenía que volver al teclado y terminar lo que había dejado a medias. No me costó alcanzar y superar holgadamente esas mil palabras. Podré dormir bien. Y con el placer de haber descubierto qué es lo importante y qué lo accesorio, no siempre claro en alguien con un patético sentido, a pesar de todo, de la responsabilidad.


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