28.5.15

Penas

Hoy me dio una punzada en el tórax. Si tuviera el doble de años, fumara y no hiciera deporte, me habría alertado: un infarto. Lo que me ha hecho pensar en las pocas situaciones similares que he tenido, esos calvarios silenciosos, poco gloriosos, de hospitales y tránsitos con dolor que se resumen en una parca frase que nada transmite: Sufrí mucho dolor. 

Yo apenas he sufrido dolor de ese, el físico, del otro tengo la colección más llena, pero quizá porque yo mismo lo he buscado. ¿Debería buscar el otro? Pienso en que quizá me lanzaría con más brío por las pendientes de la vida con unas cuantas cicatrices más. 

Pero yo quería escribir de esos dolores, del alma y de la sangre, que padecen a diario toda ese gente que nos rodea. Esos madrugones cuando toda España duerme aún y la soledad del trabajador no se puede compartir con nadie, ni siquiera con tu mujer que también duerme y con la que quizá no se hable ya de estas cosas. Esas tardes solitarias sin nada que hacer, sin ganas de salir, ese tufo de la muerte de la que no se habla como si al hacerlo se le convocara. 

Esa frustración macerada como un huevo en salmuera que ni se destruye ni transforma, y con la que se carga como una chepa que cayó en (mala) suerte. 

Todas esas penas que no encuentran un antídoto y que no son sino una pala de arena más en tumbas construidas en vida. Como si desahuciados de la vida por no tener el cuajo para hacer frente a su hipoteca, el único plan viable fuera ir preparando la muerte. 

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