21.5.15

Inesperado

Hace un año y dos semanas me fui un domingo a San Lorenzo del Escorial. Entonces quería escribir una película. Anotaba ideas para ese guión que nunca escribí. Después de comer, me di un paseo por las afueras, algo se me cruzó en el estómago y me desahogué junto a un arroyuelo. Recuerdo las moscas llegando en tromba ante el inesperado manjar. A veces llegan manás inesperados y ya siento el símil escatológico. Porque a mí me llegó uno, un maná, hermoso, florido, vital. Un regalo. En ese domingo no lo sabía. Me pitaba el oído. Pensé que no recuperaría felicidades del pasado, como un lujo de juventud que no volvería y que en esa tarde de excursión solitario se certificaba su defunción. 

Ya en Madrid anduve por la Casa de Campo. Me paré a ver un partido del Atlético en un bar de la Cuesta de San Vicente, rumiaba lo que se me antojaban unos meses mohínos por venir. Pero cuatro días después apareció ella y nos sumergimos en una espiral de vida que nos demostró que nada es para siempre pero nada, tampoco, efímero del todo. Y que la eterna juventud quizá no sea tan quimérica si uno se esfuerza en cultivarla.

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