Ideal universitario

Recuerdo con agrado los años de la universidad. Había algo de burbuja, de fábrica de sueños, de ingenuidad por mi parte, que lo hacía todo mullido y promisorio. Había incluso una idea de Dios, con mayúscula, en el que creía no creía, pero que bañaba todo de una trascendencia que en el fondo me gustaba. Hoy me fijé en Twitter en uno de los pocos profesores que parecía accesible, normal, alguien de quien aprender. Apenas sigo a cuatro o cinco. Me dieron clase más de cien. 

Me gustaba la dimensión universalista de ese centro de estudios creado por el empuje de un santurrón de Barbastro. Así tiene que ser una universidad, va en el nombre. Cierto halo de campus británico, de cuidado por las cosas, un ideal de belleza y de cultivo del ser. Qué pena que dentro de un sistema en el fondo férreo, limitado a la élite privada y me temo que sectaria que la había impulsado. Se rompió la burbuja. El otro día me hablaron de uno de esos profesores que tenía en alta estima. Al parecer, había abandonado esa orden religiosa que tan mala prensa goza y seguía su carrera por libre. Puede que le gustaran estas líneas.

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