27.5.15

El director

Entré en la cafetería, aunque decir cafetería es poco decir, a la que voy muchas tardes a sentirme como en casa, o mejor que en casa, y vi un rostro más elegante de lo habitual. Un rostro de mirada rusa, tamizada, no sé, joven a pesar de quizá sus setenta años. Moreno de pelo, demasiado, lo que revelaba una coquetería quizá reñida con su deseo de invisibilidad. Los seres invisibles tampoco van a cafeterías a charlar con ese interlocultor poquita cosa, vejete, casi un fantasma. El legendario director, y ya se habrá apreciado que hablo de Víctor Erice, me miró como sabiéndose detectado. Mierda. Minutos después se levantó y se fue. La camarera, y decir camarera es poco decir, le dijo que eran cuatro euros, y le llamó caballero. Luego, cuando comenté la jugada con ella, me dijo que no sabía quién era, que no ve ni cine ni tele, que ella es un personaje del XIX. Después elogió mi camisa. 

Seguí al legendario director con la vista por los ventanales de la cafetería y me regaló un plano. Su abrigo extemporáneo, a finales de mayo, una bolsa de plástico en la que seguramente guardaría la lista de la compra junto a un guión probablemente excelso. Lo vi andando presuroso, como si quisiera huir de su propia leyenda.

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