La casa encendida

Nuestro salón en el centro de Pamplona tenía algo de faro festivo. Si lo veían con luz, la gente llamaba. A veces, incluso apagábamos las luces para que eso no ocurriera. Era una luz que nos comunicaba con el mundo, una pista de nuestra existencia, una invitación a la vida. Y a la bebida.

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