7.4.15

Ir a ver la guerra

Ver la vida con ojos de escritor, dice Fernando Marías en La isla del padre. ¿Cómo se ve la vida con ojos de escritor?, me pregunta un alumno del Tayer. Pues imagino, porque tampoco tengo mucha idea, que simplemente viéndola. Siendo más espectador que actor, o a lo sumo, un espectactor, como es, por ejemplo, el periodista, que observa y de alguna manera participa, entrevistando a este, al otro y manchándose de alguna manera. Metiéndote en ambientes y yendo con ojos limpios.

Baroja decía que la guerra no era nada bonita, y se lo leí en La guerra civil en la frontera. Él la vio desde la barrera, un poco fiel a ese espíritu suyo de no me mojo pero luego critico. Interesante cómo lo cuenta Miguel Sánchez-Ostiz en Tiempos de tormenta, Pío Baroja 1936-1940 (Pamiela, 2007) y cómo cierto chaqueterismo estratégico le hace decir, o así lo recogen los periódicos, ¡Viva la República! y ¡Viva la libertad! con tan solo unas horas de diferencia. Luego, desde su refugio del sur de Francia, enviaría al Diario de Navarra el único artículo que mandó a ese periódico que siempre le resultó antipático. En ese texto defendía la necesidad de una dictadura militar para poner orden a lo que consideraba un sindiós de considerables proporciones, y arremete contra republicanos que no son de su agrado.

Mientras, se dedica a ver la guerra, porque ya entonces el concepto del márketing y del turismo de masas que está por venir da sus primeros signos de guerra. Pase, pague y vea usted cómo se matan republicanos y nacionales. Era posible en varios puestos de observación colocados en lugares cercanos a la carretera de Urrugne o Behobia, «previo pago de cincuenta céntimos por persona y de tres francos si se quería hacer uso de un potente telescopio allí instalado».

Una cosa un poco morbosa que el propio Baroja reconoce que hace, pero también que no le gusta ver que otros lo hagan. No duró mucho este pay per view histórico-belicista. El 27 de agosto (de 1936), cuenta Sánchez-Ostiz, se publica una orden de la Prefectura que prohíbe «el comercio de espectáculo de la Guerra Civil desde viviendas privadas previa remuneración. Esta industria es inmoral y contrarias a las buenas costumbres».

Entendemos, entonces, que matarse entre sí a garrotazos sí era una buena costumbre, pero verlo, no.


Recreación de la Batalla del Ebro. Tomada de aquí.

1 comentario :

  1. Atinada observación final, Eduardo.
    Tengo un amigo que participa en un grupo de recreación histórica (es posible que participase en la de la foto que muestras). Es un erudito del tema y me cuenta situaciones reales que ocurrieron, muchas cotidianas, el caso de alguna novia que se unió a las milicias republicanas para estar junto a su amor, aunque al final de la guerra sólo regresase él con vida, etc. (Algún día tengo que transcribirlo al blog).
    Desmitificar “el comportamiento heroico” de algunos intelectuales, como el que ilustras de Pío Baroja, y rebajarlo a un nivel más ajustado a la realidad me ha parecido otro gran acierto. Un saludo.

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