Ayer

No quiero que llegue mañana para que el ayer sea anteayer, ni que la bruma de los días convierta lo que aún es presente en un recuerdo sepia. ¿En qué momento las impresiones de la memoria reciente pasan a engrosar esa feliz despensa mental de los recuerdos? Claro que los hay buenos y malos, pero aun y todo llenar esa despensa, incluso con malos, parece que es lo correcto, una exigencia del alma que satisfacemos con placer. 

Aunque también está esa resaca de la felicidad que llamamos nostalgia. La misma que nos recuerda que el ayer podría haberse vivido más y más veces, y que cuestiona nuestros hoys, como si estos fueran una sucesión de horas más o menos gratas pero que no accederán jamás al podio de la memoria. 

El podio se forma también con esos días menores, que permiten que, en el futuro, cuando hoy ya no sea más ayer, brillen más los días como el de ayer. Parece ya lejano ese ayer, y me regodeo pensando en el pan blanco con aceite bajo el sol de la plaza castellana, que hoy seguirá igual, como el tendero del jamón a euro y pico el paquetito, ignorante de vender oro rojo al vacío a precio de pan. 

Muere un poco el ayer, pero su fulgor viene con certificado de garantía. Su superioridad sobre el resto de días menores es tan manifiesta que su recuerdo perdurará con poderío sobre los miles de días que aún nos quedan por vivir. Y en los mañanas sucesivos echaremos la vista atrás y no podremos evitar que una sonrisa automática nos delate y descubra nuestro secreto.

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