'Sacrificio' de Román Piña Valls

No recuerdo que me haya pasado antes lo de acostarme con un libro y querer despertar, y dar vueltas en la cama, y tener cierta ansiedad, para que llegue el nuevo día y pueda retomar la lectura. Claro que esto puede ser consecuencia de unas anginas que me han atacado a contrapié y con las defensas bajas, y a lo mejor era una inquietud propia del malaise.

Pero me inclino a pensar lo primero, sobre todo porque las novelas cortas no se pueden dejar a medias; parecen concebidas para ser leídas de una tacada, y no hacerlo te puede generar ansiedad lectora, muy de yonki cultural, como si estuvieras traicionando o haciendo un feo al autor.

Sacrificio es una novela negra sui generis, que a mí me ha divertido en todo momento, y en la presentación se planteó si alguien se podía divertirse, o si era lícito hacerlo, con un libro que incluye fases tirando a desagradables con acceso a ciertos registros gore. Pero es que hay un tono jocoso que impregna cada una de las 120 páginas de esta novela, la número 64 del catálogo de Salto de Página, pero de una jocosidad natural, no estirada cual chicle de la jacaranda ni nacida para epatar o para decir qué guay soy y qué genial y cómo molo. Así, me ha recordado más al Eduardo Mendoza de toda la vida que al excesivo Manuel Vilas de Aire Nuestro o Los Inmortales, cuya comicidad me resultó a la postre estomagante, propia de un exceso de cafeína y chirigota maña posmoderna algo provinciana en el fondo.

Quizá debería matar a ciertas influencias, Román Piña, como el citado Mendoza, a la hora de bautizar, por ejemplo, a los personajes, porque ese Horacio Topp recuerda demasiado al Horacio Dos del autor de Sin noticias de Gurb, pero pongamos este pero en el capítulo de cosas menores.





En el de aciertos apuntaré ese humor algo cáustico que brilla en frases como: «Me pasé la lengua por los dientes, para acabar de limpiar los restos de anacardos mientras rumiaba todo aquello». Un humor que funciona como lubricante para avanzar por la trama, de la que apuntaremos el caso de un escritor/gurú de éxito, feo, tullido e impedido pero que aún así sostiene que la vida es maravillosa. Quizá un remedo, inconsciente o no, del exitoso Albert Espinosa, cabeza de turco por cierto de no pocas coñas virtuales algo crueles. 

Un tullido llamado Horacio Topp cuya novela sobre esos descarnados y espeluznantes días de cautiverio servirá para que uno de los protagonistas de Sacrificio, Raúl Palmer, exprofesor metido a editor y particular alter ego del propio Román Piña (Palma de Mallorca, 1966, profesor de griego y fundador de la editorial Sloper), manifieste unos de los dilemas del oficio editorial: ¿Hasta qué punto vender tu alma a cambio de un pelotazo?

Hay unas ácidas reflexiones sobre el negocio editorial, sobre la docencia, que salpimentan esa trama detectivesca con algún acceso erótico-sexual que también se agradece y que he leído con gusto por dos razones principales. En primer lugar, por la implicación autobiográfica, más o menos caricaturizada y deformada del autor, como cuando Raúl Palmer habla de su padre, ciclista retirado considerado «una institución», que tiene algo del propio padre del escritor, elemento que sirve para cierto matar al padre en clave simpaticorra. Y en segundo lugar, por el tono cómico pero sin pasarse, sin postureos estridentes, que me recordó a otro título reciente de esta editorial, la estupenda Deudas vencidas, de Recaredo Veredas, que he leído con similar placer, pese a lo macabro —y esto daría para largos debates— de la trama. 



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