La novela de Iñaki Uriarte

Nada más salir la tercera y «última», como ha amenazado hoy su autor, entrega de los diarios de Iñaki Uriarte, los de 2008-2010, fui a comprar el libro. Lo hice en La Central de Callao, aprovechando que Román Piña presentaba ahí su última novela. Esperando —porque uno es ya viejo zorro en las presentaciones literarias y prefiere llegar puntual y garantizarse un asiento a llegar tarde y asistir a esa misa literaria de pie— me puse a leer mi adquisición. Y caí en una anécdota graciosa, una de tantas, de esas que practica Uriarte con acierto y que quizá sean el secreto de su éxito: ese revés a contrapié que, como mandan los cánones del humor, tiene que ver con una espera con resultado insatisfecho. O satisfecho por cauces imprevistos. Hace mucho eso Uriarte, y en ocasiones no solo desde el humor, sino en lo que podríamos llamar sorpresa poética. Como cuando nos cuenta que lee un obituario sobre X, y qué seco, frío y distante ese obituario, y qué poco transmite el espíritu del verdadero X, y cómo luego resulta que fue el propio X quien lo redactó poco antes de su muerte. 

Decía que caí en una anécdota, o mera observación, en la que el Uriarte contaba que cada vez que escribía una reseña negativa, como le pasó con un libro de Fernando Schwartz, se sentía en la obligación, por una extraña coherencia interna con uno mismo, de cogerle ojeriza al tipo. Ese golpe inesperado me provocó una pequeña risotada sonora que quizá sorprendió a Juan Carlos Portero, único asistente en esa sala de La Central minutos antes de la presentación de la novela de Piña. No sabía entonces que Uriarte presentaría su libro días después en ese mismo lugar, El Garito de La Central y que yo le haría una pregunta sobre, precisamente, el mismo párrafo que había leído allí. Hechos insignificantes que al transcribir me recuerdan a aquella excitación juvenil por este tipo de serendipias que apenas me emocionan hoy.

Tampoco esperaba que el propio Uriarte se dirigiera a mi por mi nombre, «¿Tú eres Eduardo?», y que me brotaran de pronto unos nervios como de becario pillado fuera de juego que hacía tiempo que no me visitaban. Como tampoco esperaba que recordara una anécdota conmigo como protagonista, referente a otra ocasión, en ese mismo Garito de La Central y con Uriarte presente, en que por lo visto dije que había acudido con un pretexto: averiguar si bajo ese escritor de impecables diarios se escondía un escritor con cara de escritor. Eso le dije a Pablo Álvarez Almagro, hombre muy Pepitas de Calabaza que hizo de maestro de ceremonias, y ahora que lo he vuelto a pensar me he acordado. 

Agridulce esa sensación, casi olvidada ya, muy de mis veintipocos como digo, de sentir por un escritor una especie de reverencia mitomanoide, cuando uno se consideraba ya en una ataraxia casi zen que le libraba de esas servidumbres. Me pasa que hay pocos libros de cuyos autores espero con cierta ansia su llegada, y aquellos a quienes admiré en el pasado me generan cierta indiferencia. No los veo como maestros sino soldados de una guerra parecida. Conozco sus trucos, no me impresionan. Todo es trabajo y hasta la genialidad se entrena y domestica. 

Quizá mi admiración, qué palabra tan grande, por Uriarte, a quien conocí por cierto en el verano de 2011, por recomendación de Patxi Irurzun, no tenga tanto que ver con lo que escribe sino con lo que es. Y ha citado el protagonista no sé si a Montaigne para decir que menos palabrería, opiniones y ocuparse de los asuntos ajenos para limitarse a lo que uno hace. Hola: soy lo que hago. ¿Y qué hay en Uriarte que nos atraiga? Pues una voluntad de desacralizar una cosa cada vez más solemne y tomada en serio como es la literatura, y un espíritu que podría recordar al del Aliocha Coll (léase Atila, de Javier Serena), pero sin su radicalismo ni su suicida ir contracorriente. El universo que rodea a Uriarte desprende una felicidad que él mismo se encarga de proyectar en sus textos, suprimiendo toxicidades probablemente estériles. Un ir por el mundo viviendo de buena gana pero de verdad, sin los resquemores que, dice Patricia Highsmith, no ayudan a crear buenas novelas, y tienen algo de cáncer que va devorando sin dar nada. El lector lo agradece, en tiempos de postureo a cada vez más opaco, y paladea un zumillo de sabiduría vital del que a lo mejor se le pega algo. 

Ha citado, y qué largo me está quedando esto, Uriarte, a Sánchez-Dragó, quien se ha declarado «fan» de los diarios. Y aunque Uriarte se reconoce contrario al 80% de lo que piensa Dragó, ha reconocido que no le cae mal. Quizá hasta simpático. «Somos más parecidos de lo que crees», se ve que le dijo, y Uriarte reaccionó como quien oye una ocurrencia infantil. Pero quizá no sea tan desacertada; hay algo en Dragó que siempre me ha atraído desde que leí su El sendero de la mano izquierda y creo que tiene que ver con su capacidad por ir a su aire, ser libre y construirse una felicidad casi tangible. 

Concluyo este batiburrillo algo disperso, y puede que esta dispersión tenga algo de saberme leído por el propio Uriarte, lo cual le da la razón de que si un escrito no es monólogo, de origen, deja de ser puro, y quizá debería ser condenado a los confines de la papelera. Y concluyo con otra cita liberada hoy, «Voy a citar a Faulker», ha dicho, como avisando, Uriarte, de ese ilustre escritor americano que decía algo así como que cada escritor tiene en su novela un testimonio de su vida secreta: un oscuro gemelo impregnado de verdad. 

Y quizá la novela de Uriarte no esté en sus diarios, ni en esa obra ágrafa de alguien que se reconoce «sin vocación literaria», sino en su propia vida, de la que en los tres volúmenes publicados por Pepitas nos llegan unos breves pero intensos, brillantes, valiosos destellos. 


Iñaki Uriarte, el 5 de marzo de 2015, Madrid.



Comentarios

  1. Hola.
    Mucho y bien he oído (leído) sobre estos diarios, así espero no tardar mucho en disfrutar de estos breves pero intensos, brillantes, valiosos destellos".
    Un saludo.

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