Una habitación cualquiera

Me acerco hasta la Residencia de Estudiantes para ver la exposición 'Redes internacionales de la cultura española: 1914-1939', que habla de aquellos años en que, gracias a instituciones como la Junta de Ampliación de Estudios, España parecía a ratos europea. Hasta esa colina de los chopos se acercaban a perorar gentes como Einstein –un 2 de marzo de 1923–, LeCorbusier o H.G. Wells. Se concedían permisos —ampliación de estudios— a puntales de la ciencia como un joven de 23 años llamado Severo Ochoa que quería continuar sus investigación en Alemania. O a un tal Josep Pijoan, que lograba un permiso para dar clases de español en la universidad de Toronto mientras concluía su 'Historia del arte'. 

Salvador Dalí era portada de la revista Time, con foto de Man Ray, cuando ya se empezaba a joder todo, un 14 de diciembre de 1936. Sorolla triunfaba en la Hispanic Society de Nueva York. Zuloaga era una leyenda en vida cuya presencia se rifaban en galería de Viena, Zúrich, Milán y Oslo. Ortega y Gasset fundaba la Revista de Occidente, los literatos seguían con sus literaturas de peso específico, resistentes a las modas: Valle-Inclán, Pío Baroja, Azorín, Unamuno. Las mujeres empezaban a descollar. Carmen de Burgos, Colombine, que por cierto fue mujer, o pareja, o algo de Ramón Gómez de la Serna, y sus críticas, crónicas y ensayos. María de Maeztu difundía sus conocimientos, cocidos a fuego lento en la Residencia de Estudiantes, en sus viajes por América. Manuel de Falla estrenaba 'La vida breve'. Albéniz hacía sus cosas. Robert Delaunay y su mujer, Sonia, se refugiaban, y no serían los únicos, en Madrid, huyendo de la guerra mundial.

Pero las tinieblas llegaron para quedarse, durante unos treinta y seis años que se dirían cuarenta, y aún seguimos renqueantes. 

Veo esa habitación, una habitación cualquiera, dice la placa, de las de la Resi, y envidio ese tiempo en que aún el país no contaba con todo ese arsenal de capítulos ominosos a sus espaldas. Siento una envidia sana, o insana, no sé, de aquellos Lorca, Dalí, Buñuel, José Moreno Villa, el de La vida en claro, Manuel Altolaguirre y compañia, que pasaban ahí sus despreocupadas tardes, mantenidos sea como fuere, y dirigidos, con apoyo estatal y familiar, para el desarrollo de su arte, para la explosión de su vocación. Y bien que lo consiguieron. Veo esa habitación y siento una historia de éxito, de éxitos personales hasta que se pudo. Qué pena que todo tenga su parte oscura, su mugre, esa putrefacción que dirían los residentes. Qué pena que a todo ese esplendor le siguiera aquella gazmoñería violenta y zarrapastrosa de la que aún no nos hemos recuperado. 

Pero ahí están esos logros, esas actitudes, todo ese talento, que de alguna manera reconforta hasta al más cenizo. 



Habitación 'tipo' de la Residencia de Estudiantes (17/02/2015)

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