Salones secundarios

Escribir sobre lo que nadie ha escrito nunca. Aunque seguramente no sea así, todo está escrito, dice un viejo proverbio, que un amigo lleva tatuado por cierto en su brazo. Salones secundarios, esos espacios en penumbra que se descubren cuando uno baja a los servicios, con tres o cuatro cervezas en la vejiga, y repara en ellos. Son teatros apagados, escenarios interinos que solo brillarán en ocasiones especiales, cuando la parte de arriba del bar o restaurante no dé abasto, y entonces se descorran las cortinas de su ostracismo y las conversaciones maten la costra de silencio de las paredes. 

Quizá haya personas así, matrimonios así, espíritu de salón secundario que solo brilla cuando los astros se alinean a su favor. Mientras, viven como esperando, como el tercer portero suplente, lejos de los focos, testigos de la vida de los demás, pero igual o más preparados que ellos para entrar en acción cuando fuera menester. 

Salones secundarios como espacios candidatos a una felicidad que quizá no llegue, o llega poco, como llega pocas veces el teatro a esa ciudad de provincias, que ni es capital y pertenece a una de esas comunidades acomplejadas. Salones secundarios como una suplencia eterna que, a pesar de su condición de segundones, asumen con entereza, en silencio, sin quejarse, ese papel en extremo discreto que se les ha asignado.

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