El polvo de las piedras

Quizá se llamaran guijarros, pero para mí eran piedras, redondeadas como los caramelos Mentos, piedras de patio que alguna vez nos metíamos en la boca para descubrir que tenían una película de polvo, como las polillas tienen a su vez un polvo que no sabemos para qué sirve. En algún momento dado, con una frecuencia de al menos dos o tres veces por año, me viene aquel olor a párvulos, un color creo que a cola de pegar, con la que hacíamos esas obritas de arte infantiles, yo que sé, pegar manzanas a un árbol. 

Recuerdo una discusión sobre la perspectiva que tuve en ese parvulitos del colegio del Tenis, y pongo esto como medallita del mago Andreu porque yo no debía tener más de cuatro años. Una compañera se extrañaba de que dibujara la casa con la parte de atrás, que no me limitara a la fachada. «Si no, se caería», trataba de explicarle, pero ella no parecía entender mi lógica, transgresora además por salirse de la ortodoxia de las casas-fachada que todo el mundo dibujaba iguales. Quizá ese fue el primer día en que me sentí diferente al resto, y que en ello encontré un placer, salirme de la vulgaridad de la clase, ir por mi propia senda, un paso adelante en esa actitud que ya empecé a juzgar borreguil, autómata, bruta. 

Había un profesor que se llamaba Roque, y que quizá fuera cura, pero que me llamaba más la atención por su nombre parecido a un personaje de dibujos animados: Roque. Había también una clase, en el sótano, dedicada a la música, en la que una vez la profesora, siempre la misma para todos, y que nos hablaba en francés, sacó un triángulo. 

Recuerdo pensar en las chicas y asumir su drama: así como todos íbamos a morir, ellas también pasarían algún día por el duro aro de parir, un niño saldría por uno de esos agujeros profundos que tenían. Aunque este recuerdo quizá lo añadí posteriormente, porque es posible que aún no tuviera claro el funcionamiento de la procreación. 

Recuerdo que un día junté mi lengua con la de otro chico. Puede que se llamara Javier. No fue un beso, sino una toma de contacto diferente. Me sentí algo raro, no volvimos a repetir la experiencia. Recuerdo también una tarde, en esa hora un poco laxa en que esperabas a que llegara el autobús, en que sentí el aliento de la muerte al introducir la cabeza del chupachups de cocacola en mi garganta de niño. Fueron apenas unos segundos que nunca conté a nadie, pero de haber ingerido aquella chuchería letal quizá no lo estuviera contando. Puede que fuera la primera vez que pensara en la posibilidad, real, de mi propia muerte. 

No morí, pero sí murió aquel colegio, vendido y demolido a la especulación inmobiliaria de los ochenta, quedando su recuerdo como algo volátil, apenas asible en escritos como este, flotando en el aire con la discreción del polvo de las piedras. 



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