Mi estar en Madrid

A finales de junio de este año cumpliré diez años de estancia ininterrumpida en Madrid. Con la salvedad de una temporada, la 2006-2007, en que solapé a Ciudad Real, durante los fines de semana, en mi relación con Madrid, y los tres veranos en los cursos de El Escorial, no me he movido de la capital de España desde entonces. Me he ganado el carné de madrileño.

Aposté por Madrid cuando podía haberlo hecho por Bilbao y a lo mejor me hubiera ido mejor en términos periodísticos, pero a mí me seducía la conquista literaria, que está en Madrid, y en eso estamos, con resultados no del todo malos para mis objetivos de ambición a fuego lento. Durante estas Navidades en mi ciudad natal, en la que viví 25 años y creo que feliz, a pesar de las alegrías y las penas, algo se ha cocido dentro de mí. Un reenfoque en mi manera de estar en Madrid. 

Como si ese empeño que durante los últimos tiempos puse en encastillarme en esta ciudad, rompiendo casi los lazos quizá frágiles con esa otra ciudad, la primera, hubiera sido un error. Consideré más sano tender hacia la unidad urbana habitacional, digamos, mirando incluso con suave desprecio a ese madrileño de adopción que vive la ciudad como un mero parque empresarial de lunes a viernes. Quise hacerme madrileño, ampliar mi círculo social, mis tentáculos laborales, mis contactos en el mundo literario. Acaparé un buen número de experiencias de Argüelles al Puente de Toledo. 


Ciudadela de Pamplona, 2014, foto del autor


Pero en los albores de 2015 sentí que no podía renunciar a mis orígenes, como no se puede renunciar a un árbol genealógico o a los dedos de una mano. Me planteé incluso un volver, precavido no obstante de ese «volver es irse» que hizo famoso María Luisa Elío en Tiempo de llorar. La mera posibilidad de hacerlo, como en el marido largamente casado de echar una cana al aire, me provocó una balsámica sensación. Como si aquella nebulosa de la que hablara Ramón Gómez de la Serna, el que dijo que Madrid es tenerlo todo y no tener nada, se apaciguara notablemente. 

Incluir de nuevo a esa República Independiente del Bidasoa, que dijo aquel, con capital en Pamplona, qué demonios, y no renunciar a ese universo real y rico. Abarcable. Indeleble como un tatuaje en mi aparato circulatorio sentimental. Incorporar esa posibilidad de un cierto volver, y estar en Madrid como quizá sea la mejor manera de estar: con vocación de eterno pasajero que mantiene por ello una también eterna sensación de estar de viaje, despierto y curioso ante lo que acontece. Aunque viva el resto de sus días a la ribera del Manzanares. 

Quizá sea la mejor manera de estar en Madrid, en la vida.

Comentarios

  1. Yo me fui, de una y de otra, y ahora ando en una tercera, expectante, medio asentada, pero siempre pensando en esas, nuestras montañas, que rodean la cuenca y nos transmiten una paz que sólo ellas saben, y en esa bruma que muchos aborrecen pero a mi me encanta, porque es estar en casa, es sentirme yo.

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  2. Gracias por el comentario E. L (bonitas iniciales, por cierto, jaja)

    Creo que Navarra significaba, eso decía el padre Moret en sus famosos anales, tierra entre montañas. Me gusta esa idea de haber crecido rodeados de montaña. Así empieza por cierto un texto de mi abuelo, nacido en Ochagavía: «Nací en un pueblo incrustado entre montañas...».

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