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Qué bien empezar el año nuevo sin la peor de las resacas: la moral. Qué bien arrancar lejos del exceso de tóxicos, de miradas libidinosas, de relaciones coyunturales apoyadas en el frágil tejido del quedar por no estar solo. Qué bien escapar de la ciénaga de los aceleradores de la felicidad que matan cualquier posibilidad de poso, un poso que se cuece a fuego lento y no entiende de la fragmentación espídica de lo químico, pan sideral para hoy y hambre neurótica para mañana. Qué bien empezar el año sin querer ya hacer borrón y cuenta nueva a las primeras de cambio, sino masticando la idea de una grafía más amable, consciente y elegante en el manuscrito de los días por venir.

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