La idea de un escritor económicamente sostenible

El escritor, salvo contadas excepciones, ha sido la puta máxima de las artes en torno a cuya figura se lucraban todos menos él. Ese 10% en concepto de derechos de autor, que en algunas editoriales españolas está bajando a un lacerante 6%, era y es cuanto percibe ese creador de universos varios. Un estado de cosas que se compensa con otros estímulos no pecuniarios con los que el creador de universos varios ha ido tirando, apoyado no poco en una fe ciega y en una esperanza que es lo último que se pierde. Pero bastaría pensar en una progresiva eliminación de intermediarios —y creo que Stephen King hizo algo al respecto pero no voy a levantarme ahora a comprobarlo— para cambiar radicalmente esa realidad tan llena de ilusión como vacía de euros con la que lidia el escritor moderno. 

Pensemos por un momento en un autor con tanto tirón en redes sociales y una reputación bien labrada a través de mecanismos diversos, promoción en YouTube, Twitter, medios de comunicación tradicionales, que le permitieran colocar 2500 ejemplares autoeditados del libro que cada año diera a la imprenta. Un libro al año, si de verdad genera beneficios, es una empresa factible. Y pensemos que, al ser el autor el propio editor, el margen que percibiera no fuera ese famélico 10% sino un, no nos flipemos demasiado, 50%. Y que vende cada libro a 20 euros. 2500x20 = 50.000 euros. El 50% de esos 50.000 euros serían 25.000 euros, dinero que, sumado a otras actividades, que si unas charlas, unos artículos y unas clases, redondearían una renta per cápita bastante digna para ese escritor moderno, libre por cierto de ataduras, cuyas únicas servidumbres serían las del servicio de envío de sus ejemplares y su propia promoción, que podrían delegar en una empresa especializada, ya que con los años tendría presupuesto de sobra para hacerlo. El reto, mantener el interés cada año de 2500 benditos lectores, utópica empresa si se ve la botella medio vacía, un paseo si se piensa en una comunidad de 500 millones de potenciales compradores, si se ve la botella medio llena. Eso sin contar los libros en formato electrónico, que también.

Libreros, editores, agentes literarios y distribuidores tratarían de torpedear esta tendencia, pero en un mundo entiendo que rosa, se puede antojar un panorama esperanzador con el que seguir regando esa fe ciega en nosotros mismos.



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