La cárcel

Poca broma. Van entrando unos y otros. Fabra, Matas, Pantoja y se hace un silencio. La cárcel sigue imponiendo respeto, sobre todo cuando la pena va en serio, lejos de tercergrados descafeinados. La cárcel como una vida alejada de la vida, una intravida, una vida subterránea, una vida interina, una no-vida. Una gripe interminable. 

Difícil escribir sobre la cárcel sabiendo tan poco de ella, pero surge una intuición que me presenta una cárcel no como foco de broncas y peligros varios entre los reclusos, esa vuelta a la posibilidad del bullying, de las leyes de la jungla que se pensaba ya abandonadas para siempre, sino como una vida, atención, cómoda. Tan cómoda como la del canario enjaulado, que se vuelve loco en su cerebrito cantarín, pero cómoda al fin y al cabo. Una existencia jalonada por normas que matan cualquier iniciativa personal, en donde impera la rutina de la rutina, el toque de queda de los alcaides y el saber que mañana será más de lo mismo: la lucha por no hundirse en el pantano de la desolación. Pero aquí los apoyos son pocos y frágiles, apenas queda la esperanza, revestida casi de fe ciega, y proyectos de superación personal en los que asoma el aliento fétido de la inconstancia. La hiedra de la alienación, de ese no poder ser uno mismo, ni cultivar su mejor versión, que crece hasta ahogar al preso. 

Pensar de pronto en todas esas cárceles que están fuera, en la vida real, construcciones que occidente ha levantado en pos de la comodidad, del bienestar, y ver ahora ese trabajo fijo de nueve a seis, ese matrimonio estable, esa ciudad tan manejable y tranquilita, esa zona de confort del trabajador por cuenta propia, como la peor de las condenas. 'El séptimo continente', de Michael Haneke. Sin fecha de salida y sin fuerzas para escapar, como la rana a la que se hierve con agua progresivamente caliente y que cuando quiere liberarse ya no es capaz. 


Visita en el pasillo, Manuel López Villaseñor

Quizá la libertad sea eso, sortear esas cárceles que nos salen al paso y que cuando no nos alienan, nos limitan a una versión rácana y empobrecida de nosotros mismos. El amor, en las antípodas de la molicie sentimental, entraría a jugar un papel radical en este punto.

Comentarios

  1. Sí el amor, salvador de la cárcel. Tú lo has dicho.

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