El libro peor editado del mundo

Hace unos meses cayó en mis manos un libro y pensé: «Vaya, es el libro peor editado que jamás he visto». Analizando sus debilidades, descubrí cómo las cosas mal hechas nos enseñan por qué las cosas bien hechas están bien hechas, y cómo el desdén, por ignorancia o desidia, hacia ciertas normas en principio básicas, puede generar un pequeño truño, en este caso, editorial, paradigma de lo que no hay que hacer. 

La portada es de lo mejor del libro que a continuación destriparé. Aunque muestre como un cierto apretujamiento de los elementos, ilustración, logotipo del sello editorial, título, antetítulo, autor, no llama la atención por ningún desastre en particular. La contraportada también es pasable, con una foto del autor que habría ido mejor, siendo un poco convencionales, en la solapa interior de la portada. Pero lo que me parece tremendo, digno de un editor completamente loco, suicida, marciano, es esa solapa en la que se presenta en unas pinceladas al autor, con sus hitos significativos. En este caso, en una letra imposible, por pequeña, se recitan TODOS los premios cosechados por este prolífico —aunque desconocido— escritor, con un palmarés digno de un verdadero corredor de fondo de los parnasillos locales. 

Premios y más premios, el de Villalmádena de Cifuentes, el de Retruécanos de Lodosa, el prestigioso certamen de microrrelatos de Guadianilla de Almudéjar o el simpar concurso interprovincial de Nuevos Talentos Consolidados Emergentes, donde nuestro hiperactivo escritor logró una honrosa plaza de finalista, que le privó de los jugosos 500 euros y estatuilla que el altruista ayuntamiento concedía al talentoso o talentosa escribidor triunfante. 

También se jalonan en tan enjundiosa ficha el estado civil y familiar del autor, así como su muy señalado y casi febril amor por los libros y el arte escribiente, pasión que le roba hasta el mismo aire que respira, actividad básica para el vivir de la que a veces se olvida, y para lo que tiene que poner pegatinas amarillas en todas las esquinas de su casa y de las páginas de los libros que devora noche y día: Respira, Antonio, respira.

Tampoco falta detalle sobre las actividades en torno a la literatura de nuestro escritor, que si un taller por aquí, una charleta por acá, un recital de poesía acullá, y hasta un par de viajes por Europa que ampliaron sus horizontes vitales. Y una alusión a una actividad literaria en gerundio, del todo absurda porque todos sabemos que el tiempo pasa, inexorable, y esa actividad dejará de ser gerundia para trocar en pasado. Como aquellos redactores de internet que emplean ese efímero ayer en sus crónicas.

Otro aspecto que me llama la atención del peor libro editado jamás, con los fondos de una diputación provincial, es el blanco nuclear de sus páginas. Tendemos a pensar que las páginas de un libro, el famoso miedo al folio en blanco, son blancas, pero no. Son crudas, si acaso. Color hueso, color camisa con demasiados lavados en su haber. 
Otro elemento con claras reminiscencias amateur, en este caso achacable al autor, es la profusión de citas solemnes y estupendas en los albores de la historia. Más de dos me parece un exceso que debería estar penado con multas y/o retirada del carné de escritor. En este caso encontré siete, un crimen imperdonable.


Libro dentado, ideal para quitarse los paluegos literarios

Seguimos con el recurso a los capítulos. Lo entendemos en El Quijote, pero queda solemne, amateur, quizá infantil, usar ese epígrafe en una novela que se presume corta y sin excesivas pretensiones. Etiquetar esos trancos de páginas como Capítulos se me antoja, en este momento censor por no decir inquisidor que me embarga, exagerado. Mejor un numerito o nada. 

También yo suprimiría esa fecha o data del final, en la que el autor nos confiesa los meses que le costó gestar y por fin dar a luz esta novela perdida en los confines de un mercadillo de capital de tercer orden. Fechas, por supuesto, con esa magnánima y prepoténtica, por no decir mayúscula, letra mayúscula, que evidencia un innecesario deseo de notoriedad como de notaría burgalesa, a la par que una ignorancia supina, en cuanto que todo el mundo sabe, a poco que haya leído dos novelas bien editadas o cualquier periódico nacional, que los meses se escriben con minúscula. 

Concluye el libro peor editado de la historia con un índice. Vacuo y estéril índice que solo señala el número de capítulos y su correspondiente página, como si alguien pudiera sentir el deseo de acudir al capítulo cinco, esto es, la página 86, así porque sí. 

Y, como este libro, muchas cosas. Por suerte, el sector editorial español está demostrando que libros como este son excepciones, así que este post quizá sea del todo inútil. 

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