1D - Spleen de Diagonal

Alguna vez he dicho, medio en broma medio en serio, que soy un catalán frustrado. Un barcelonés de espíritu nacido por circunstancias en el lugar equivocado. Hubo una época en que incluso se barajó en el seno de mi familia una mudanza con todos los trastos a esta ciudad condal, por cuestiones del negocio. Veníamos mucho, entonces, años ochenta finales, a esa Barcelona que rivalizaba en mis cariños con Madrid. ¿A quién quieres más? Era difícil decantarse, como con papá o mamá.

Estos días me invade una cierta saudade catalana, término que si no existe habría que inventar, y no se me ocurre ahora ninguno, más allá de un spleen de Diagonal, por decir algo. No sé si soy yo, eres tú, es el final del otoño o la lluvia pertinaz. No sé si hay algo en el ambiente de ceño fruncido que se me transmite o una escasez de sonrisas en los rictus que me va calando. Quizá sea el deambular por las calles para mí todavía monótonas, a pesar de lo trilladas en las muchas visitas, del Eixample y comprobar cómo la vida de la gente se trazó en un despacho con tiralíneas.

Ese orden, ese pragmatismo, esos chaflanes por los que los taxis transcurren fluidos y con menos atascos de lo que se podría pensar. Ese deseo por llegar antes al destino para, ¿hacer qué? ¿Dónde están los jardines, amigo Cerdà? ¿Dónde proyectaste un rincón al caos, a lo curvo, a lo imprevisible? Si me preguntaran si hoy me siento un catalán frustrado, no sabría qué responder. Puede que, impregnado de este spleen de Diagonal, respondiera que no, que lo mío no son las cuadrículas urbanas ni el calculo de ningún tipo, quizá ni siquiera fiscal.

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