4.11.14

Azorín, el primer moderno

Tuve la suerte de pasarme una tarde de octubre por casa del escritor probablemente más azoriniano que hay en España, que me dijo, entre otras cosas, aquello de que "Baroja es un escritor de salida y Azorín uno de llegada". Un escritor más hondo, dijo, sin desmerecer en absoluto de Baroja. El escritor, como el lector atento habrá adivinado ya, era Andrés Trapiello, al que hice una entrevista para la revista de próxima aparición Geemfed, en la que comentaba, a propósito de Azorín, su hondura, su finura, su carácter más de solitario auténtico y no tanto, y esto lo aporté yo, de postureo de la soledad, como era en cierta manera Baroja que, a la postre, siempre andaba con unos y otros.

El escritor azoriniano me recomendó tiempo atrás, a consulta mía, un título: 'Castilla'. Lo compré creo que en la Cuesta de Moyano, en una de esas ediciones de páginas color gabardina. No cuajó la lectura. Tampoco el segundo intento, 'La voluntad', que percibí de un barroquismo insoportable, en el mejor sentido posible de la palabra insoportable. Esta vez la recomendación fue 'Antonio Azorín', que forma parte de sus primeras novelas, entre las que apunto, por otras fuentes también de peso, 'Las confesiones de un pequeño filósofo'. Y su obra como crítica literaria. En este sentido, Francisco Fuster ha hecho un buen trabajo antologando obras suyas como crítico, con el citado Trapiello al prólogo de una de ellas, 'Libros, buquinistas y bibliotecas', editado por Fórcola.

Iba con reservas ante lo que podría ser otro desencuentro con ese José Martínez Ruiz, autor de un libro tan autobiográfico que se le asignó de manera automática el nombre de su alter ego. Azorín, de 'Antonio Azorín'. No sucedió lo mismo con el Andrés Hurtado de su gran amigo Pío Baroja pese a que 'El árbol de la ciencia' está transida de autobiografía, solo que más trabajado el maquillaje de la ficción. Las veinte primeras páginas, se me hicieron muy cuesta arriba. Descripciones y más descripciones. Una descripción de más de dos palabras ya se me hace larga. Qué distintos en eso eran el impresionista Baroja y el hiperrealista fotográfico Azorín. Y palabros raros y castellanos, como en estas primeras líneas de apertura: 

A lo lejos una torrentera rojiza rasga los montes; la torrentera se ensancha y forma un barranco; el barranco se abre y forma una amena cañada. 

Un coñazo si uno no está en ese modo zen del que Azorín es un buen abanderado. La novela sin trama. Azorín, miembro precursorsímo de la Generación Nocilla. La novela descriptiva, que viaja únicamente por los distintos humores. Porque hay humores, hay un pulso humano que late ahí, y el texto gana vida y se hace más dinámico que ese exquisito pero completamente inmóvil libro de otro azoriniano que fue el Josep Pla de 'La calle estrecha'. Y así como Pla no se moja, el personaje es apenas un veterinario que va al casino y fuma en el aburrimiento de la habitación de esa novela que es novela ("No sé hacer novelas", creo que dice en el prólogo), Azorín se expone, saca su alma a pasear y en parte por eso me ha seducido en este intento. Como esas cartas que manda a su amiga Pepita, en las que vemos a un Antonio Azorín más Azorín que nunca, o sea, José Martínez Ruiz, futuro Azorín:

"Es preciso vivir en este Madrid terrible; en provincias no se puede conquistar la fama. La fama no estamos muy acordes los que vamos tras ella en lo que consiste, pero yo puedo asegurar que el fajo de cuartillas que emborrono todos los días, lo emborrono por conquistarla". 

Sinceridad casi impúdica que me recuerda a ese Umbral que de vez en cuando cuenta una miseria personal para ganarse al lector. Para ponerse no ya a su nivel, sino por debajo. Creo que a eso los ingleses lo llaman self-deprecating, y no puede haber libro autobiográfico que no tenga unos buenos gramos de ello. 
Me pregunto ahora si Umbral era azoriniano y qué es azoriniano y pongamos que es una observación fina, poética, un tanto científica casi, en su caso, de las cosas y en parte podríamos decir que sí, que Umbral lo era. Como también Josep Pla, a su manera algo más ajena, impersonal. No me voy a levantar ahora, que diría el citado Umbral, pero seguro que en su interesante '¿Y cómo eran las ligas de Madame Bovary?', rico repaso a sus influencias literarias, encuentro la respuesta. 

Azorín se mueve con una libertad que a más de uno le parecería insolente en ese 1903 en que pone fin a este libro que no se puede llamar novela, ni diario, ni nada. Es un libro fragmentario que sin embargo tiene unidad, porque está teñido del mismo humor, en su mayoría, a excepción de un puñado de páginas en que el protagonista se dedica a disertar sobre la vida de las arañas, Ron, King y Pic, que el lector se puede saltar alegremente, si así lo desea. Se publicó como artículo en 'El globo' y Azorín lo calzó con toda paz en su moderna novela en marcha. 

Porque ese tipo de recursos y de desprecio, en el mejor sentido posible, también de la palabra, por la trama habría dejado ojiplático a más de uno, y hasta se habría ganado las burlas de sus colegas, ¡Esto no es una novela!, incapaces de prever que se encontraban ante uno de los grandes del incipiente siglo (pasado). Palidece a su lado un Agustín Fernández Mallo como creador de artefactos literarios. Sin negar su calidad literaria, poética, que en Mallo es generosa, habría que viajar hasta antecedentes tan remotos como este 'Antonio Azorín' para descubrir que a veces todo sí estaba inventado. 

Esa forma, sin ir más lejos, de enumerar con precisión científica y vocación periodística, poética al mismo tiempo, al añadir datos exactos en las descripciones. Como cuando describe las hectáreas de olivares que hay en tal o cual pueblo, Torrijos y Maqueda, epítomes del retraso, la rutina y el "así se ha hecho siempre" de la cultura castellana cuya economía se hunde en contraste con el dinamismo del levante y Cataluña. Valor poético pero también una capacidad para algo que podríamos llamar topografía social. De gran valor porque retrata una época con fidelidad casi empírica, sin renunciar a su subjetividad, si es que esto es posible que en su caso lo es. Son de una lucidez tremenda los retratos que hace de esa Castilla lamentable y cómo buena parte del retraso de España y de paso el desapego de los catalanes provienen de ese espíritu derrotista, abúlico, cerrado al mundo: 

"No puede haber independencia ni fortaleza de espíritu en quien se siente agobiado por la miseria del mundo. En regiones como Castilla, como La Mancha, sin agua, sin caminos, sin árboles, sin libros, sin periódicos, sin casas confortables, ¿cómo va a entrar el espíritu moderno?". 

Azorín, el primer moderno. 





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