3N - El arte

Me habló de su madre, de su madre viuda, viuda de un señor que se supone era su padre, el padre de él, mi interlocutor, pero cuya paternidad seguía siendo un tabú o un secreto a voces silenciadas que nunca saldría a flote. Había algo de fantasmal, pues, en su orfandad, y la madre, aún viva, todavía joven dentro de la vejez, había sufrido males en los pies, que es un mal muy desquiciante. Recuperada de ese insidioso achaque, pero no de su duelo, demasiado tarde ya para quitarse el traje de luto, la tristeza pesa pero al menos es una suerte de compañía, se compró un pequeño apartamento en París. No en ese París de Robert Doisneau sino el París horrible, vulgar, en las afueras de las afueras, a donde ni siquiera llega la primavera. Pero había un Cercanías que le dejaba a dos pasos del Museo de Orsay, su favorito. Iba sola. Le gustaría ir con su hijo, pero este hacía carrera en Estados Unidos, en un importante instituto de telecomunicaciones, y criaba a sus hijos ya americanos y políglotas fruto de su matrimonio con una chica de origen angoleño.

Iba todas las tardes al Orsay a descansar la vista en los cuadros de Degas, Rousseau el aduanero y sobre todo Manet, su favorito, con ese trazo firme y espontáneo a la vez. Ella había sido firme toda su vida, agarrada, hacía la compra en Picard cada primero de mes tras un sesudo análisis de las necesidades nutritivas de los días por venir. Llevó siempre una vida de marca blanca. Una vez, de niña, fue a la ópera. Otra vez presenció un concierto de Mozart o quizá Bach en Nôtre Dame y aquello le sobrecogió de una manera extraña. Carente de cualquier educación religiosa, no se le pasó por la cabeza entrar en una iglesia, ni siquiera en esa tan bonita de la rue de Bac; el Orsay le bastaba. A veces iba también al Beaubourg, según las exposiciones temporales que programaran. Le gustó mucho una de Dalí. Tanto, que hasta se le olvidó el dolor de pies que por entonces aún le atenazaba. 

Para evitar las colas, se sacó una tarjeta de Amigos del Centro Pompidou, que le permitía acceso directo. En sus tiempos, nadie iba a los museos. ¿Por qué había tantas y tan largas filas? No tenía una respuesta. Pero lo que sí tenía claro era que había sido un acierto cambiar las interminables tardes de televisión por aquellas misteriosas salidas al Orsay. Cuando volvía a su pequeño apartamento, el barrio le parecía más feo que de costumbre, pero entreveía algo de belleza entre toda esa mierda.

Comentarios