24.10.14

24O

Leo sobre el malogrado artista Hart Crane que en 1932, en un viaje en barco entre México y Nueva York, se tiró por la borda delante de decenas de viajeros. "¡Adiós a todos!", dijo, con un punto histriónico, ante el asombro del resto de pasajeros, que observaron atónitos como aquella alma cándida se hundía para siempre. Nunca recuperaron el cuerpo.

Pensaba antes de levantarme, en un escritor, ya en el último tercio de su vida, de provincias, que cosechara un cierto éxito, de crítica más que de público, hace años. Un escritor con toda la ambición del mundo, que apartó de su vista todo lo que significara una distracción en su carrera, como una flecha, hacia el triunfo literario. Un triunfo para el que no cabría prostitución de ningún tipo. Escribir con verdad y sin doblegarse. Ni siquiera antes las modas de la época. Uno las moldearía, si acaso.


Pero llegó el ocaso de la vida y de las fuerzas, en una progresión inversa a la deseada; mientras otros crecían y se enseñoreaban, él reducía su influencia, hasta los críticos antaño fieles se iban olvidando de él. Demasiada inversión de esfuerzos, demasiada apuesta ciega a un número, sin tener en cuenta las provisiones del alma para los inviernos más duros. Toda aquella orquestación minuciosa y quizá temeraria de gloria resultó fallida. Y la duda vidriosa de si se disfrutó en ese haciendo camino al andar. A menudo había que pisar espinas. A menudo la marcha dejaba el cuerpo extenuado. 


La única salida para no cerrar en falso su apuesta vital era la que había seguido Hart Crane. El último modo de que se recobrara el interés por el conjunto de su obra toda, la de un autor de culto que citarían dentro de cien años los estudiantes más despiertos. Era preciso el final ruso, estaba decidido. La única duda era el procedimiento técnico: una certera dosis de plomo, una romántica rotura de cuello o una discreta pero enigmática disolución de la vida previa ingesta de pastillas del adiós. 


Mientras iba a la ferretería en busca de cuerda, le dio un infarto que dinamitó su postrera y desesperada estrategia de entrada en el parnaso. 

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