El puf revelador

Al llegar casa por la noche vi un puf a los pies de mi portal, junto al contenedor. Sin pensarlo mucho, lo cogí. Tenía buen aspecto, compacto, bien armado, un puf como debe ser. En el ascensor, pensé que los pufs vienen de África, del norte de África, marroquinería de Marruecos, un magreb que técnicamente es tan África como la África más meridional, Sudáfrica. Alguien debía de haberse zafado de él por la paranoia colectiva e ignorante que nos asuela estos días, y que me preocupa más que pandemia ninguna. Tanto me preocupa que hasta yo mismo me vi lavando, por si acaso, aquel mueble adoptado. Le metí un buen viaje de Norit prendas delicadas con el agua más caliente que salió de la ducha y lo dejé ahí reposando. 

Al ir a lavarme los dientes, antes de acostarme, noté un golpe en el olfato. Un olor a rancio, a viejo, a tela sucia. El olor me resultaba, sin embargo, extrañamente familiar, y ya sabemos que el olfato nos puede trasladar sensaciones de modo más directo que la vista, el oído, o la imaginación. No tardé en detectar el olor y, de paso, hacer una asociación de ideas sorprendente. Aquel olor era el olor de mi abuelo, el olor de mi abuelo aseándose esa intimidad suya que llevaba a cuestas la historia de España. Ese muñón insondable del que creo que escribí algo en 'Luz de noviembre...' y que de niño me fascinaba. Muescas y pliegues de carne de lo que fue, en su día, un cortar por lo sano la infección provocada por la bala perdida en una trinchera de Tolosa. ¿De qué color era esa bala? No lo sabemos. Pero salvó la vida, milagrosamente y gracias a un producto, el prontosil, precedente de la penicilina, que le administraron en plan cobaya. Somos hijos, pues, del prontosil, de la ciencia. 

Y cabría preguntarse si también, ay, del progreso científico que llegó de la mano de la Alemania nazi, porque cuenta mi abuelo en los escritos que ese producto estaba en manos de los alemanes, aliados de Franco. 
 
El olor de la piel mojada me recordó a mi abuelo y a mi contemplación infantil de sus aseos, con la puerta abierta de quien está de vuelta de todo, justo lo contrario que su nieto curioso tumbado sobre la alfombra polvorienta. Caigo ahora que ese olor no era otro que el de la pierna ortopédica y una serie de correajes que, como parte más o menos inherente a su cuerpo que también era, había que limpiar y aclarar con agua. 

Leo con placer 'Lo que a nadie le importa', de Sergio del Molino, en donde se cuenta la vida de su abuelo, José Molina, que al igual que el mío pasó el calvario de la guerra, aunque con mejor suerte pues la terminó entero. Al igual que el mío, quedó en el bando ganador, donde los trabajos llegaban más fácil, como su cómodo y bien pagado empleo en El Corte Inglés. Al mío, por tullido, le ofrecieron un estanco, uno de esos privilegios a nuestros 'veteranos' del lado nacional. Pero lo rechazó y en ese rechazo al ganapán más facilón no deja de haber un motivo de orgullo. Parte de lo que soy, yo, mi familia, tiene que ver también con ese bravío rechazo al camino más fácil. En unas memorias muy peculiares y valiosas que dejó escritas, dijo que lo suyo era trabajar más por cuenta propia que ajena. Así montó su negocio, el bar Ulzama, que conoció años prósperos para esos pequeños emprendedores más bien sobreprotegidos por las circunstancias políticas y la escasa competencia. Un bar que debía de ser también una suerte de centro social en el que se sucedían diversos favores, motivados, es curioso, no por el interés sino por la bonhomía que dicen los que lo conocieron, con los ojos húmedos, que gastaba mi abuelo León. Y en la bodega podían guarecerse diversos objetos de contrabando por el único afán de echar un cable a aquel amigo o amigo de amigo que lo necesitaba. 

Apunto en el margen del libro de Del Molino que escribe sobre su abuelo sin caer en el abuelerismo. Queremos a nuestros abuelos, y eso está bien, aunque digan cosas horribles como el tal José Molina, "De ti no quiero ni que me cierres los ojos", a su mujer, antes de estirar la pata, o aunque hubieran defendido ideales que hoy nos parecen sombríos. Pero no está en ese querer lo que puede interesar a los demás, sino en su paso por el mundo como hombres de un tiempo que hoy miramos con distancia, y en lo que bueno o malo que hicieron, en su actitud más o menos sumisa, más o menos rebelde.

Me alegro de haber rescatado anoche ese puf.

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