El adversario que llevo dentro

No me gustaba del todo ese título, 'El adversario', en la novela de Carrère, hasta que lo entendí en toda su dimensión. Una manera desreligiosizada de decir 'El demonio'. O "el animal que llevo dentro [no me ha dejado nunca ser feliz]", que canta Franco Battiato en 'El animal'. 

Habla de Jean-Claude Romand, asesino de su mujer, sus hijos y sus padres. No es una sinopsis de un thriller de sobremesa es un hecho real, ocurrió el 9 de enero de 1993. Romand, mentiroso desde que suspendió un examen en una carrera de Medicina en la que nunca se graduaría. Ahí le empezó a ganar el adversario y él no tuvo la valentía necesaria para plantarle cara cuando era pronto. Y el adversario haría con él lo que quiso. Era su juguete más preciado. Se inventó, Romand, una carrera de médico para la OMS, en Suiza, en un despacho inexistente cuya familia nunca visitó. Veinte años de mentira, veinte años alimentando un personaje del que no podía escapar. El adversario le iba ganando la partida y él se hundía y hundía en la derrota. Tuvo que mentir más para conseguir el dinero necesario para hacer verosímil su vida de médico investigador, así como para mantener su tren de vida, sospechosamente más humilde que el del resto de su entorno. Estafas piramidales. Dineros supuestamente colocados en fondos de inversión que tampoco existían. Iban directamente al adversario, que jamás disfrutó tanto como con un panoli como Romand. 

La situación se hizo insostenible. ¿Por qué su nombre no figuraba en la orla de la universidad? ¿Por qué tampoco en los ficheros de la OMS? Su amante le exigía un dinero que le había prestado. La infidelidad, otra mentira más. Una doble vida extra en su ya de por sí doble vida. Contaría todo y le desenmascararían. El adversario lo tenía comiendo de su mano. Podía hacer con él lo que quisiera. Matar a su familia al completo. A los niños también. Primero a su madre, con un rodillo de amasar, a golpes en la cabeza. Después al pequeño Antoine, que hoy tendría unos 30 años, con unos disparos por la espalda con la carabina. Después a su hermanita Caroline. El adversario se relamía en su esquina. 





Recuerdo una conversación familiar en que se ponían en entredicho los éxitos de Rafa Nadal y se tildaba de absurda toda competición deportiva. "Al final, es darle a una pelotita con un palo. Toda tu vida". Me opuse a ese planteamiento reduccionista, pero no supe defender bien mis argumentos.

No me gusta perder en las insignificantes competiciones deportivas en las que participo. De adolescente, hasta destrozaba la madera de aquella primeras raquetas de pádel, a golpes contra el hormigón. Quizá ese sea el mérito del deporte, que nos enseña de una manera nítida que las cosas se pueden hacer bien o hacer mal, véase el humillante 1-7 de Alemania a Brasil en el pasado Mundial. 


Pero no nos quedemos en el manido símil deportivo, aunque el título de Carrère aluda a ese factor competitivo: El adversario. Hay en ese libro, una nueva y reveladora manera de recuperar ese mensaje que otros interlocutores, ya trasnochados, no consiguen transmitir, aunque el contenido siga siendo el mismo de siempre, tan válido como siempre: No bajes la guardia. Siempre existe el deseo de dejarse vencer por la pereza, de tomar el camino más corto, de no enfrentarse a ese muro que uno sabe que no es infranqueable pero que no acaba de traspasar. 
Siempre hay un adversario haciéndonos la vida más difícil, pero dando también sentido a la partida, a la competición, a una vida que está bañada en el conflicto, ante el cual podemos salir victoriosos o completamente derrotados, como el desgraciado Jean Claude Romand y su inocente familia. Tomar conciencia de su mera existencia ya es un punto que le marcamos al adversario que llevamos entro.


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