28O - Esa inquietud

¿Cuál es la frontera entre la sana y necesaria introspección y la vuelta viciosa, vagamente narcisista, en torno al ombligo propio? Conócete a ti mismo. Sí, pero hasta cuándo, hasta dónde. Creo que vale más pasarse por exceso que quedarse cortos. Descubrir nuevos ángulos. Verse en 3D, si es necesario. Es lo que me ha pasado recientemente al verme en uno de los vídeos familiares que grabara con mucho arte el tío Julio, en concreto el de la Navidad de 1990/91. Ese niño rubio soy yo pero no soy yo. ¿No soy yo? Es el yo que fui hace 24 años. ¿De qué manera he seguido siendo fiel a ese niño? Quizá más de lo que piense, aunque me mire al espejo y no me encuentre ni siquiera parecido físicamente a ese chaval. 

Me veo como un niño atento a su entorno. No del todo relajado, siempre pendiente de lo que pasa alrededor, de las reacciones de los demás, de lo que dicen, de cómo lo dicen. En las antípodas de un niño natural, tranquilo, fluido, a su pedo. Pero no veo a un ser incómodo, sino como alguien despierto, inquieto. Una vez le pregunté a mi madre si yo era inquieto, porque acababa de aprender que yo era Géminis y a los Géminis se les describía como inquietos pero yo, que no jugaba al fútbol ni hacía judo en el colegio, pero sí leía a Tintín o montaba Lego Technics, me veía todo menos inquieto. Creo que dijo "sí". 

Me analizo en ese sofá de casa de los abuelos tamborileando los dedos. Poniendo muecas raras, tensando la boca. En el verano anterior, en un colegio en las afueras de París, un compañero imitaba mi forma de mover los dedos cuando andaba por la calle, un poco como los de Joe Cocker en el escenario. Como si tuviera algo dentro que me provocaba esa inquietud. Algo que quizá me impida hoy, repanchuflarme a hacer un maratón de series modernas y fundamentales precisamente por eso, por esa inquietud. 

Lo pensaba ayer viendo Top Chef, y al recordar esas veleidades mías, tiempo ha, de dejar mi camino periodístico y demás y hacerme cocinero, con un par de fogones. Lo entiendo ahora, con el tiempo, como un deseo de relajación del hemisferio izquierdo, tras la escritura de una novela que exigió mis atenciones. La necesidad de experimentar algo completamente distinto a lo literario, algo tangible, real, que no me hiciera pensar. Y que satisficiera al mismo tiempo ese tamborileo interno mediante el equilibrio de hacer siete cosas a la vez que tiene la cocina. Como me pasa en mi vida cotidiana, en donde me resulta trabajoso concentrarme en una sola cosa, un texto muy sentido incluso, sin dejar de atender otras tantos estímulos. Como si en ese múltiple avivar distintos fueguitos digitales me viera a mí mismo más y mejor exprimido, porque a veces se trata un poco de eso, de forzar un poco las capacidades para sentir la máquina no a pleno rendimiento pero casi.

Quizá fuera un niño o hijo complicado de abordar, por esa falta de naturalidad. Me veo, en cambio, dócil, un buen chico, casi mosquita muerta. No sé si con el tiempo me he hecho más accesible. Recuerdo un comentario de mi hermano mayor: "Tienes que abrirte más". Y hacerle caso, con el tiempo, casi demasiado, como se puede comprobar en algunas cosas íntimas que he hecho públicas. 

Vuelvo a verme, con diez, once años, y me fijo sobre todo en esas manos andarinas. Manos que me han hecho tocar la guitarra desde hace 23 años. Como si en el movimiento encontraran la paz. Recuerdo a mi madre, aquellos sábados por la tarde que en el lugar de ver una película montaba una pequeña revolución en la casa y reorganizaba armarios, platas y disposiciones mobiliarias. Esa inquietud. Recuerdo también a mi padre, siempre en marcha a las siete de la mañana, hubiera trasnochado lo intrasnochable, como no era raro en aquellos años. La inquietud. Capaz de darte la vida o quitártela, si uno no la gestiona bien. Y la idea de que al afanarse en la imposible pero necesaria tarea de domarla, se generen cosas buenas. Esa inquietud quizá sea yo. Que no me abandone.

Enero de 1991, casa de los abuelos, Pamplona.




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