25O

El futuro no será como pensábamos en el pasado. Dentro de cien años, tendremos más dispositivos y nuevas formas de comunicarnos y hasta de relacionarnos o llevar a nuestros hijos al cole, pero seguirá habiendo bares, bares rancios, bares modernos, y casas viejas. Restos de otras civilizaciones sobre las que se construyen otras civilizaciones, algo que los totalitarismos del siglo XX quisieron destruir sin éxito. 

Madrid seguirá teniendo sus barrios con tiendas de manicura, zapatillas de andar por casa y bachata en los talleres mecánicos. Pero quizá Madrid sea más Madrid que ahora, cuando llegue un Sabino Arana con gorra de tejadillo que, cansado de cierta tendencia globalizante de una ciudad demasiado abarcelonezada, es decir, abudadizada, lanzara un contundente manifiesto para la recuperación de las esencias. Esencias que manipularía, exageraría y hasta crearía para la ocasión, y que generaría un inmediato impacto en una sociedad hastiada de la nada y los rascacielos. 

Se dirigiría inmediatamente a esa bolsa considerable de neogatos, todos aquellos que se instalaron en la ciudad allá a principios del siglo XXI, dejando a las provincias carentes de cerebros y más provincias que nunca, y que se sentían más madrileños que el cocido, a falta de otras identidades. Les seduciría con un nuevo diseño de bandera, mucho más adhesiva al alma que ese trapo rojizo con estrellas que siempre tuvo aspecto de logo de compañía petrolera. Recuperaría una vieja tonadilla de arrabal que cantara en su día Olga Ramos, la reina del cuplé, tras una investigación de cinco segundos en Google Pro, y prometería una serie de beneficios fiscales y de entradas gratis a los museos y teatros a los madrileños que acreditaran su madrileñez de años. 

Madrid dejaría entonces de ser ese lugar en que todo el mundo es de todas partes y se generaría algo parecido a lo que hubo siempre en Barcelona, esa suerte de casta burguesa y muy catalana que no acaba de juntarse con el forastero, y mucho menos si es de un pueblo castellano. Los madrileños serían entonces un grupo social diferenciado y orgulloso de sí mismos, con sus cafés tipo batzoki con vino de la región y especialidades propias y ajenas, porque el espíritu de feria de las regiones siempre se mantendría, pero sin perder su apertura al otro. Ni su afán por una solidaridad interpueblos que el fundador de este movimiento romántico-localista subrayaría en ese largo manifiesto por un Madrid más Madrid.

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