18.10.14

18O

Cuña de queso que compré para una cena con David y Alessandro a la que luego se sumó un ser entre oscuro y acaparador de conversaciones plañideras en una noche de por sí no especialmente exultante pero dentro del saco de las noches que aportan algo más que restan, a la postre. Superó esa cuña la selección natural de los quesos, y pienso ahora que si los alimentos quisieran sobrevivir en una jungla de alimentos serían a cada cual más asqueroso. No es el caso de este queso, valga la aliteración, con una línea de ceniza divisoria, que luego recorrió a mis espaldas los 36 kilómetros que separan Cercedilla de Segovia. Sí le hincamos el diente en un alto en el camino, poco después de ver a un grupo de ciegos en grupitos de tres, asidos entre ellos por un palo horizontal cohesionador. Pasó la noche toledana, o mejor aún segoviana, bajo la lluvia, en un pliegue profundo de mi mochila prestada, en medio de esa melancolía otoñal de setas, humedades y quizá gnomos que se preparan para el invierno.
Días después acabó en tu casa y también sobrevivió prácticamente entero, pues lo relegamos ante otras opciones. No sé cuál será su destino, si finalmente cumplirá su función en el mundo, o sea, ser digerido y después expulsado en otra forma, más marrón y cremosa, pero a veces me acuerdo de él, como si fuera una especie de delegado mío, de representación láctea con un pequeño pasado a sus espaldas, que contribuye a mantener viva la llama que se resiste a extinguirse. Hasta que te lo zampes o lo tires para siempre a la basura de Ikea. ¿Quién se ha comido mi queso?

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