17O

Asistí a una pequeña escena costumbrista en una tienda de reparaciones varias de la calle Calvario de Lavapiés, a donde acudí a reparar, sí, a reparar, mi viejo exprimidor de zumo Braun. Tiene más de 30 años. El dependiente, al sopesarla en sus manos, dijo, guao, vaya pedazo de motor. Se ve que ahora llevan "micromotores" y no aguantan nada. Mi viejo viejo exprimidor, con la que mi madre nos hacía zumos antes de ir a cole, cuyo sonido está instalado en mi cabeza como el sabor del té mojado en magdalenas de Proust, versión sonara, aguanta lo que le echen. Bueno, no todo, porque el cable se deshizo cuando por despiste lo acerqué demasiado a la vitrocerámica a pleno rendimiento. Me han dicho que lo arreglarán, sin problema, aunque, eso sí, puede que tarden cosa de un mes. "Estamos saturados". No importa. Esperar también tiene algo de grato. No sé qué, pero lo tiene. 

Había un tipo de "un pueblo de La Mancha, Villanueva de los Infantes", y me faltó poco para aclarar que, según los últimos estudios, es el famoso "lugar de La Mancha", del que Cervantes no quiso acordarse. Lo aprendí este verano in situ en una estancia inolvidable.

También había un anciano que hablaba mucho de su ancianidad. Por detrás, no lo parecía. Vaqueros y una cazadora que bien podría llevar un malasañero. Tenía el pelo blanco y pinta de viejo de cuadro del Renacimiento, cara de San Pedro de Caravaggio, pero a mí no me lo parecía. De hecho, reivindicaba su ancianidad como si no le creyéramos. "Estoy cerca de los 87" y luego cantaba sus múltiples achaques, especialmente en la vista. Pérdida de visión en un ojo y parcial en otro. Gastaba un bastón de plástico que se doblaba por secciones. La mitad, apoyada en el mostrador. "Pero se te ve de buen humor", le replicaba la dependienta, también entrada en años, pero que no se consideraba anciana. "Eso sí, yo ya vengo cuando quiero por aquí". 

El tipo habría nacido en 1927, cuando Lorca, Gerardo Diego y Pedro Salinas entre otros se dejaban fotografiar por, creo, Pepín Bello. No me impresionó, como sí solía pasarme antes, su vejez, su tránsito dilatado por la vida y sus décadas. Lo vi como alguien parecido a mí, solo que con más tiempo en la fila que precede a la muerte. Me sentí parte de él, un viejo con menos años que él, pero viejo igualmente. O él un joven con muchos años, mismo me da. Un ejercicio de anticipación profunda que me enraizó más en la vida y me hizo valorarla más. La idea de exprimirla con suavidad, como mi viejo aparato Braun con las naranjas, hasta que llegue a esos 87 y un día me siente a recordar, antes de estirar la pata definitivamente, tantos momentos buenos.

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