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La idea de que uno se convierta en un escritor con proyección de los que alguna vez han salido en los suplementos dominicales de los periódicos burgueses más leídos del país. Que haya hablado bien de él un cocinero, por ejemplo, de mucha moda, en otro suplemento dominical, en este caso de la competencia. Que tenga una trayectoria a sus espaldas suficiente para respaldar el salto cuántico que se provocará cuando le otorguen el premio, el mejor dotado del país, el más comercial, el que mejor le permitirá vivir los próximos diez años, con un par de movimientos financieros no muy alambicados, gracias a la generosa cuantía. Pero que le obliguen a firmar una cláusula de confidencialidad para sostener esa trampa de gran grupo editorial, ese circo cultural en el que apenas ya nadie cree pero sobre el cual aún prevalece cierta corteza de duda. Firmar sin pensárselo y al poco verse condenado a la mentira, al silencio, a la impostura incluso antes sus seres más queridos ("sobre todo ante ellos", le insistieron en el momento de la firma, en la azotea de un hotel moderno de Barcelona). Notar cómo el entusiasmo por la consagración literaria, aunque la masa de sus lectores fuera el sector de jubiladas sesentonas que devoraban las novelas de Camilleri, se desinflaba como cualquier propuesta soberanista de Artur Mas. Anhelar, años más tarde, desde su ociosidad de reciente rentista que desayuna en pastelerías Mallorca, los otros años, los de ingenuidad, libertad creativa y cierta pureza del alma que mató para siempre una firma en un hotel de Barcelona.

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