28S

La gata me hizo un pequeño arañazo entre los nudillos. Quité la costra de sangre con violencia con idea de forzar la cicatriz. Un tatuaje eterno de aquellos días, como aquella cicatriz en la otra mano, que me hice en tercero de párvulos, esperando al autobús, jugando con mi primer mejor amigo, de nombre Olivier y nacionalidad francesa, que al poco desaparecía de mi vida. Pero no hubo suerte, y la herida cauterizó sin dejar rastro. Y me acordé de una inquietante cita de Leonard Cohen: "El verdadero amor no deja rastro".

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