10.9.14

10S

Siempre pensé que los edificios de mi ciudad natal del norte eran lo más ramplón que te pudieras echar a la cara. Una cosa formal, aburrida, estándar, convencional, gris. Pero hubo un momento en que fueron revolucionarios, modernos, audaces, rompedores, transgresores. Pensemos en la obra de Fernando Redón, que ya en los años cuarenta proyectó inmuebles en Pamplona como Las Hiedras o pensemos también en ese edificio del paseo de Sarasate, obra de Joaquín Zarranz*, que por cierto contemplé durante 25 años desde mi ventana de infancia y juventud. 

Hay toda una generación, la tardofranquista y la posterior, la mía, que recibió ese paisaje urbano como algo impuesto y asimilado, desprovisto del carácter atrevido que en su día habría torcido el gesto de la población más conservadora. En nuestras cabezas, la de la anterior generación y la mía, se coció una cierta sensación de convencionalismo, de que todo estaba hecho, de que recibíamos un mundo ya terminado. Para qué hacer nada.



Edificio preguerra civil en paseo de Sarasate, Pamplona.


*Que murió en el frente (imagino que nacional) al comienzo de la guerra

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